Archivo de la categoría: Lecturas Instantáneas

A Martín (que se ha muerto el pobre)

El primer grito desgarrado, a punto de amanecer, lo daba Martín; después se callaba, no decía nada.

Martín vivía en los huecos. El descarnado Martín era drogadicto, pero él no lo sabía. Poco sabía Martín, ni de él, ni de nadie.

-Oye Martín ¿has desayunado?.

-¿Cuándo?

Martín se levantaba anochecido para, por la senda segura de los bordillos municipales ir al Bar. Llegar y sentarse a la mesa, sin consumir.

-Oye Martín ¿has cenado?

-Cenar está bien.

Sentado espera los días que no entiende para embarcarse en La Virgen de Cocentaina. Allí, al relente del salitre puede que sueñe. En la ciudad no sabe hacerlo; lo marea, la ciudad le marea mucho.

-¿Hace un cigarrito Martín?

-Si pones el fuego…

Cuando le salieron esas costras a Martín, esas placas que le secaron púrpuras en la cara, no las vio.

-Oye Martín ¿no te pica eso de la cara?

-No tengo espejo, pero en el barco hay uno.

La mirada de Martín servía para mirarse. Un espejo de mercurio que te reflejaba. El manantial vacío donde la vista vislumbraba algo más allá del propio reflejo, como una medusa.

-Estás en los huesos Martín.

-Es que me distraigo.

La Virgen de Cocentaina pescaba el atún sin hacer puerto. Una vez repleto, descansaba una semana allá donde caía.

-¿Qué llevas ahí Martín?

-Tengo una serpiente de tres metros ¿sirve para algo?

-Puedo hacerle un cinturón a mi señora. Venga, abre ese saco con cuidado.

Quitando del fumar, no había visto otra cosa Martín que llamara su atención. La mirada de rumores del galápago no le atraía. El masticar extremo del camello, tampoco. Sólo una vez, los negros ojos de una mujer, aquellas rajas que parecían heridas, le habían atraído. Pero, ¿cómo llegar a ellas? Tan lejanas le parecieron; y él, tan poca cosa, que hizo por olvidarlas recostándose en el camastro a mirar el humo.

-Oye Martín ¿vais de putas ultramarinas?

-En Tánger hay una ciega que me ha enseñado el amor.

En Tánger es cuando Martín se pone su camisa blanca que guarda en una caja de zapatos. Sólo en Tánger llora un poquito Martín, y él no sabe por qué.

-¡Qué ganas tengo de llorar! Pero aún tardaré.

-Vamos Martín, toma una cerveza que te quiero ver alegre.

……………………….

La tarde en que murió Martín estábamos solos. Su cama crujía y una monja abombada le preguntó que si quería confesión.

-Déjelo, Sor, que ya me confesó una ciega. Y usted de esas cosas no entiende.

-Vete tú a saber- le dije al moribundo

Entonces fue cuando un inesperado Martín habló de forma distinta:

-Siempre me ha gustado la soledad. Y he cavilado una y otra vez cómo procurármela. Tú la encuentras rayando. Yo no he podido. Ni siquiera en la proa de La Virgen, qué ya es decir.

-Joder, Martín, no pareces tú.

-Es que me muero. Y quiero ver si la encuentro hablando.

-Pues, dale…

-No es cosa sencilla la soledad en un mundo medido a palmos, tasado y usufructuado al milímetro. Ni siquiera en el mar. No basta, pues, con estar solo, es necesario que nos dejen en paz. Se puede estar, quizá, unas horas, un buen rato o un tiempo prudencial; pero estar lo necesario es tarea de titanes. Alargar la soledad hasta convivir en ella, además de placer remoto es tarea sobrehumana.

– Ya lo sé. Yo dibujo porque me mareo en los barcos y en las rayas.

– Es lo mismo

– Pues, ya ves…

– Si.

Fue en el cementerio cuando el capitán me dijo:

–         Este Martín, sabe? , hablaba con las nécoras…en mi vida he visto nada igual.

(A tu salud, Martín, ahora que has muerto)

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Dora, la mujer perro

Hay días en los que la tristeza invade a Dora. Se trata de esa tristeza que no mira. Y es cuando Dora se destiñe. Y cuando lo hace su piel se arruga. Enarca las cejas y las cejas le recuerdan que sufre…y le invade el miedo. Porque Dora es una mujer Perro. Con un hocico hambriento que quiere mirar con los ojos del perro. Y se entristece.

Dora está casada con un carnicero y tiene una hija que se llama Remedios. Dora mastica una galleta amparada tras la ventana de su habitación. Y a la vez que tritura, huele. Remedios mira a su madre con estupor de espejo. La observa a hurtadillas y sin lágrimas. Su marido la mira con deseo, un deseo procaz, de animal que suda. Dora en la luna llena y en camisón y en la noche y en las horas que no lo son. Sólo algún domingo siente Dora la felicidad que no lo es. Y satisfecha, llora. Un día quiso contarle a su hija que era una mujer perro ¿cómo anunciárselo? Remedios cuando niña vio un pájaro aplastado, turbio, gris y en la calzada.-Llora, Remedios- le dijo Dora. Pero Remedios no pudo.

Mientras la luna llena palpita sola Dora recorre los tejados, se introduce en las terrazas, desciende a los deslunados y acecha tras las ventanas mientras la noche enfría la vida ¿cómo decírselo? Porque cuando las palabras adquieren significado la vida cesa. Y Dora compra en un colmado. Y en la tienda de calzado rebusca entre los pares. Y en el estanco lame un sello. Y Carlitos ha desaparecido. Remedios, entonces, siente escalofríos y de reojo le grita a su madre lo impuro del tiempo, la delgadez de la vida y esa caricia que es la oscuridad.

Apacentando su sueño ¿cómo decírselo cuando las tejas se enfrían?.

Remedios despierta en la noche sin pesadilla. Con sus orejas. Cuando el esposo de Dora corta la carne lo hace firme, de un tajo, con su manguito de hierro. El cerdo es más económico que el cordero y éste que el buey. Quedan pocos bueyes. Con gusanos se consigue un buey. Dora mira al joven que come en otra ventana. Apenas ve sus cejas, tan finas, tan escasas, Sus dedos son torpes y el tenedor apenas se hunde en la grasa. ¿Mamá, qué es el olfato y porqué gritan en las habitaciones?

A veces sueño que te veo entrar por mi ventana. Jadeas en lo oscuro y después me acaricias ¿cómo decírtelo? Llora, Remedios, llora (no puedo – jadeo).

…….

Dora, la mujer perro – de la serie “Almacén de conocidos”

Los amores furtivos

Los Amores Furtivos

A don Pío no se le había visto andar con tantas prisas, ni tan veloz, ni tan sofocado ni tan nervioso y agitado.

Lo corriente y natural era verlo demorado frente al escaparate de una pastelería, por ejemplo, muy pensativo, estoico y romano frente a un merengue nevado de café. Idéntica actitud meditabunda afloraba en su rostro frente a otros escaparates, no todos, y escogidos: de lencería fina, o ante los muestrarios de los estudios fotográficos  que viven de las novias.

La distancia que separaba los varaderos visuales las cubría pasmosamente lento. Y con él, delante de él, siempre Caifás, su perrito indefinido, trotando animoso, curioseando, husmeando humedades y aguardando a su amo para, caracolero y juguetón, cubrir el trecho que los conduce al siguiente escaparate.

Perro y amo en continuo cabotaje, cuando el fin de la tarde los va conduciendo a puerto.

Pero hoy don Pío tropezaba torpe, rebasaba transeúntes y se cruzaba con ellos como una exhalación. O se trastabillaba en los bordillos romos, ya cansados de tanto automóvil con su agudo grito de goma.

La minuciosa ruta geográfica de los escaparates, ahora, era rebasada sin atención, desbordada. Jadeaba don Pío como un barco de vapor ajeno a los puertos.

¿Dónde se había metido Caifás? Eso quería saber don Pío, ese era su desasosiego sin rumbo y otro.

Que ensimismado sobre unas enagüitas finas y con volantes se le perdió de vista el can. Creyéndolo en la esquina, olisqueando un extraño chorretón seco. Desconcertado que andaba el perrito de nuevo aroma que no pertenecía a la barriada, inédito. Esa fue la última vez.

Lo llamó don Pío. Torció la esquina y allí sólo vio una tapia con unos gatos dormitando tiña.

Desandó sus pasos hacia el escaparate visto. Y aún desanduvo más. Nada tampoco, Caifás no aparecía. Y se vio corriendo por lo ya corrido mientras la tarde se despedía flotando.

Vecinos de todos los días lo observan en su ir y en su venir. En su pasar de nuevo y en su pasar de vuelta, en su retorno igual y repetido. Sin decirle nada, claro; que a don Pío nadie le dice, porque no contesta cansado de tanta burla repetida. Desde cuando los escaparates se le presentaban sinuosos y vivos como si le latieran anunciándole la vida.

Y, sin embargo, lo bueno pasa, las pujanzas se arrugan y ya sólo le queda la melancolía permanente y vaga; más económica.

Ya oscurece y no sabe qué hacer. Sería, piensa, la primera vez que Caifás regresa solo a casa. Camino reiterado, aprendido, pero a su vera siempre, porque es miedoso el chucho.

Acorta, pues, don Pío hacia su domicilio, por ver de llegar cuanto antes y atisbar al perro en la puerta, aguardándolo nervioso, quizá temblando. Y enfila pues la Calle Rancia, donde guardan los traperos lo mucho que tomaron: huesos de aceituna para los braseros; ropa vieja para la confección de papel basto  que aguarda al señor Keith Luger para abrillantarse; objetos orinados de nostalgia que se los llevará un camión rumbo al puerto para embarcarlos hacia nadie sabe qué alcobas… Al cruzarlas, al otro lado de las tapias, un perro guardián le ladra desde su almacén defendiendo la podredumbre.

Sale, al fin, a la Plaza de la Bomba, ya incendiada de farolas. En medio la fuente seca, y tras ella, repara, la corta cola de un Caifás asomando agitada. Don Pío se presenta allí, y ante el espectáculo se queda atónito. Viendo a un Caifás yaciendo a la suya, como haciendo que no le ha visto, sobre una perrita, montándola, muy mona, ensortijada de ricitos, lacito ocre de princesa entre sus gachas orejas esponjosas, y largas como guantes de paseo y unas pestañas que parecen caracolas.

Cuando Caifás se ve a don Pío, enarca sus cejas, pobladas cejas negras y azafranadas que refuerzan su mirada imploradora. Los ojos del perro miran brillantes, como pidiendo comprensión. Suplicándole espera.

Don Pío no sale de su asombro. Caifás le hace notar que está y permanece anudado a la perra, a la espera de poder desasirse del gozo. Le implora paciencia, como leyendo la última página de un capítulo tremendo. Y es entonces cuando la perrita ladra gutural y fina y de canutillo, como si ladrara desde muy lejos cantando una copla de fuego. Con ojos aún vacuos y acristalados de placer lo hace.

Don Pío, entonces, se aleja hacia el banco de la plaza para acomodar la espera. Sin explicarse aún la salida de Caifás interrumpiendo el paseo sagrado que ambos realizan indefectiblemente.

Desde allí, pensativo, mira al chucho, buscando la forma de reprenderlo, sin encontrarla…sintiendo una intempestiva felicidad que lo invade allí mismo, mientras lía y fuma un cigarrillo de hachís descansado sobre el glorioso banco.

La humedad nocturna, al cabo, los descorcha. La perrita, culo encogido, trota hacia una esquina y desaparece. Caifás, como escaldado, se va aproximando a don Pío, rabo pegado al culo, como encogiéndose de hombros por su desliz. Puede que sonriente al adivinar otra sonrisa en su amo.

Al llegar junto a don Pío se para frente a él, sumiso, aguardando instrucciones, como si fuera un prospecto su amo; sin osar sentarse y descansar, agotado el chucho. Después la mano de don Pío le acaricia la testuz y con la otra mano arroja la colilla consumida bajo el banco.

Se levanta y desaparecen ambos, rumbo al domicilio mutuo. Que ya hay hambre de cenar bajo la luna menguante de la noche puesta por la vida.

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Un poco de lectura para un verano que asoma. De la serie “Almacén de Conocidos”

Storm, el Leporino

Storm, el Leporino

El Saloon era un cuchitril infecto a la entrada de Wichita. Allí, la suciedad rezumaba por todas sus paredes como resinosa roña, fétida. Abombándose, ahuecándose en cada esquina en formaciones de mugre a modo de nidos que asemejaban paleomodernista adorno resaltado por la oscuridad. Quizá ángeles entre hojarasca y lodo.

Cleofás Mungo, el dueño del antro, miró de reojo al forastero que, todavía junto a los batientes, admiraba el panorama aún incrédulo, con una especie de mueca a modo de sonrisa, inmóvil y empastada en la fisura de sus labios. Aquella deforme reacción, pues Storm no llegaba a más en sus alegrías, había sido coronada por el cartelito que colgaba empinándose sobre la barra rezando desconchado: “Saloon El Paraíso”.

El impecable atuendo de Storm, sin llegar a la payasada que en el Este decían vestimenta, sin saber por qué, alarmó a Cleofás. Habituado como estaba al pringado inmundo que frecuentaba el local moteado en lamparones, humores y otros líquidos orgánicos de gozosa prontitud.

Un par de Colts asomaban desde los impolutos faldones de la chaqueta del forastero. Su posición denotaba que, en un santiamén, escaparían a tomar el aire al menor deseo de su dueño.

–          Whimskym – susurró Storm una vez llegado a la barra.

–          ¿Desea…? – preguntó Mungo desconcertado.

–          Whimskym…y del buenom – repitió Storm mientras daba un repaso con estática mirada a los parroquianos – …no mem imaginabam asim el paraisom.

El dueño, al oír al recién llegado, no pudo reprimir una risotada tan espontánea y en descontrol, que salpicó al forastero con el ímpetu de su saliva.

Storm, demudado, marmóreo, sólo rota su inmovilidad por un pañuelo de fantasía que enjugaba su mejilla, miró con fijeza al barman. Y Cleofás Mungo pudo contemplar ante sus ojos el suficiente abismo que se atisba en una tumba. Y se tornó lívido.

Temblando, obnubilado como el pajarito ante la nocturna linterna, Cleofás logró decir:

–          Dis…disculpem…ha sido sin intencióm…digo, inten…cielos!

Siempre se da uno cuenta de sus torpezas cuando ya es demasiado tarde. Digamos que una fracción de segundo antes de morir.

–          Cochinom puercom…

Esto último, que susurró Storm, ya no lo pudo escuchar el barman.

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Lecturas para el verano. 3 Westerns. Por Silver Samsa.

Manada macabra

Manada Macabra

El mejunje que les servía el viejo Oldie no era otra cosa que una repugnante bazofia de color amoratado y hedor nauseabundo, más parecida a una herida coagulada que al sustento sin pretensiones que se acostumbraba en el rancho. De eso hacía ya varias semanas.

Días antes, una desesperada cuadrilla de muchachos, al amparo de la noche, habían sacrificado una de las reses para acabar asándola en una cañada oculta y devorarla en el más absoluto de los silencios. Los cuatro vaqueros acabaron con el animal esa misma noche. Pero, asimismo, también acabaron colgados de un árbol cuando Latimer Morkoff averiguó lo sucedido. Lo hizo a la vista de todos los muchachos. Como escarmiento, pensó, sería lo más ejemplar.

A partir de aquel día el capataz Latimer Morkoff dejó claro el asunto.

– Estáis en vuestro perfecto derecho de largaros. El que lo desee puede hacerlo. Pero ya firmasteis vuestro contrato. Y el que sepa leer de entre todos vosotros podrá comunicarle a los demás que el abandono implica la condonación de la paga. Así que mister Finch no os debe nada si vuestro deseo es ése. En cuanto a las reses, la falta de cada una de ellas se os descontará a cada uno de vosotros. Una sóla vaca desaparecida significa el descuento de una res por barba. Así que, atentos…no sea que al final del viaje vuestra deuda con el señor Finch os deje baldados.

Por eso el viejo Oldie se limitaba a servirles en las comidas las reses que caían despanzurradas y enfermas. Y no debía ser ninguna tontería aquella ponzoña que iba diezmando el ganado, cuando ya algunos vaqueros habían enfermado y muerto por el camino.

Mas fue Nuschen, el pelirrojo, el que descubrió en su plato la yema del dedo de uno de los muchachos muertos. No cabía duda, eran los restos del mexicano. Su tatuada uña, aquella águila diminuta rasgando un guitarrón, que flotaba, como un alegre náufrago en el plato del sueco.

Nuschen vomitó sobre sus pantalones de cowboy. Se estaban zampando los restos de sus compañeros.

– Le debes a mister Finch unos pantalones – le advirtió a Nuschen el capataz.

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Lecturas para el verano. 3 Westerns. Por Silver Samsa.

¡Muérete, y verás!

¡Muérete, y verás!

Por un instante leve quedó prendido en el aire. Como si quisiera ausentarse de lo que le iba sucediendo. Pero era inútil. Completamente inútil.

En cuanto se le nubló la vista, dejó de pensar. Aunque tampoco lo hacía muy a menudo. Y como un zapato viejo, su cerebro se vació de contenido. Luego se desplomó. Y entre los meandros de su sesera comenzaron a fluir hilillos de sangre; al cabo, a espasmódicos borbotones que lo anegaron. Más tarde se amansó la cosa. Y Fredric Moss ocupó su lugar en la cofradía de los cadáveres. Ya no era el tal Moss. Si es que eso tuvo alguna vez la menor importancia. Había dejado de ser. Si acaso se prolongaría como una inscripción, su nombre y poco más, en lápida barata. Tras eso, el Tiempo, ese su paso, que lo convertiría en nada. Ni siquiera en recuerdo. Quién iba a tomarse la molestia de hacerlo?

Ni siquiera un maldito recuerdo dejaría Fredric Moss. Tampoco su asesino repararía en él, confundido, tergiversado entre su montón de muertos que lo confundirían. Ni siquiera en esa mezcolanza lúgubre reposaría el recuerdo de Moss.

Lo último que alcanzó Fredric Moss a pensar, fue en el escaparate de un comercio que vio en Tucson, una exhibición de pasteles perfectamente alineados. No en los dulces en particular, sino en aquella su simetría que, entonces se dio cuenta, silueteaban el busto de una mujer. Sus pechos y una cara adorable.

Y murió así, lanzado hacia los merengues. Confiado en un más allá dulce y placentero.

Fue cuando Kimball Grounge enfundó su colt aún humeante y contempló el cuerpo yaciente de Moss. Preguntó, a su lado, a un barman atónito:

– ¿Cómo se llamaba el tipo?

El barman frunció el ceño. Multitud de arrugas constituyeron sus pensamientos. No sabía hacerlo de otra forma.

– Tan sólo era un borracho.

– Eso no es un nombre – esputó Kimball.

– Pues era su nombre – Sentenció el Barman.

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Lecturas para el verano. 3 Westerns. Por Silver Samsa.

Relatos arcaicos

Uno-

Criptógamas vasculares afloraban por toda la sierra. Licopodios y Equisetos tejían bosques y exuberancias habitadas por las cucarachas del Pérmico, tras la matanza de las libélulas gigantes contra el reptil incipiente. Y todo fue hedor bajo las Sigilarias exuberantes y el Lepidodendrón en flor.

Allá a lo lejos tan sólo el ir y venir de los cúmulos de escoria del plegamiento caledoniano en todo su apogeo.

Respiraban los Pecopteris agitando sus carnosas ramas tramadas de nuez tiznada de hollín. Nunca se había escuchado el grito. Tres mil millones de años bajo el aleteo de los insectos, el rugir tamizado del volcán y el arcaico eco de un espeluznante ronroneo correteado por todos los seres que iban poblando la tierra, lograron el silencio.

Mas cuando todo el Paleozoico se venía abajo y los albores del esplendoroso Mesozoico lo fueron estrangulado, asomó el primer grito del reptil vegetariano asesinado por su congénere carnívoro. Se avecinaban los nacientes intentos para construir la civilización, la originaria. Cuando el primer grito manchado. Cuando las primeras gimnospermas lanzaron sus piñones al lodazal inmenso del Triásico.

Dos-

La saurara masticaba un insecto hurgando con su pico el panal dodecaédrico, los guardianes de la miel eran sus bocados preferidos y la azucarada melaza juntabase con la acidez del ortóptero deleitándola sobremanera. Entonces le revenían sus recuerdos: un corretear, que ella no sabía, del Compsognathus, su reptil antepasado. Del que heredó el placer del robo y la furtiva destrucción. Sus pasos mudos la tranquilizaban sabiéndose en rama, fuera del alcance de carnívoro merodeador…la comida, siempre fue así, le causaba somnolencia, un bendito sopor que la holgaba hacia el fresco atardecer encaminador a su guarida.

Fue el saurara ave diurna, gran masticadora de insectos acorazados, coleópteros fitófagos y apterigios colémbolos. En el dosel de la jungla Oligocénica las aves vivieron su paraíso milenario.

Tres-

Las olotúrias vagaban lánguidas sobre los corales pulmonados engullidores de crustáceos. El tiempo de los infusorios había declinado. Y ya las esponjas y los escifozoos se adueñaban de la novedad. Eran los tiempos del metazoo desarrollado hasta la excelsa meta de un ano coronando su intestino. Eran tiempos de grandes novedad en teleósteos de todos los pelajes. El tiburón voraz escaseaba inusitado.

Centenares de metros de algas ondeaban conteniendo la respiración y el rodaballo ancestral husmeaba en la roca en busca de almejas.

Una concentración de anélidos marinos comenzó a borbotear bajo las algas mecidas en lejana corriente. Voraces devoraban la fina arena enloquecidos en su frenesí. El hoyo escarbado ampliaba su perímetro a cada acometida de alienada actividad. Revoloteaban las medusas sobre el maremágnum escavador.

A la mañana siguiente el hoyo era inmenso, acraterado. Y el frenesí de los anélidos, menguado, agotado, moría en un simulacro barroso de cráter mixtificado.

Al cabo, los teleósteos comieron sus cadáveres. Pero eso ya fue en el carbonífero.

Cuatro-

Lamelibranquios y Gasterópodos nacían a la vida en el Pleistoceno medio. Y bajo los acantilados, miríadas de moluscos fecundaban billones de huevos cada día cuando el famélico simio lanzaba sus dedos hacia el voluptuoso bivalvo. Andaba un par de días sin comer, y el mejillón gigante no acertó a cerrar sus valvas cuando el mono lo arrancó de su escondite. El Alcanforero lanzaba sus ramas a la brisa de la tarde y el ámbar de los pinos atrapaba insectos que morían paralíticos.

El Nummulites rodaba hastiado, cansado de las eras. Y el simio hambriento yacía a la sombra de las magnolias, ahíto de óvulos de mejillón preñado. Imaginó entonces la inmensa comida que albergaba el valle. Y se juró a si mismo conquistar la tierra. Fue algo fugaz, una ensoñación psicodélica que lo amansó un instante.

Inventado el placer, el simio se avituallaba para otearse en homínido. La persistente lluvia le daba ánimos oscureciendo la luz del día, y ya nocturno proyectó el escalo.

Sedimentó el lignito mientras los continentes vagaban. El abundante insecto multiplicaba sus especies. Sesenta y dos millones de años obraron el prodigio y comenzó el cuaternario.

Las 7 vidas del Conde Ántrax

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La seda se posaba lángida en el delicioso cuerpo de Emily Pardeza, como si pretendiera hacerle un vaciado en escayola, tal era su querencia que ni un sólo poro dejaba pasar por alto. El fino vapor del tejido la acariciaba voluptuoso. Aquel indecente camisón se lo había regalado el conde Ántrax y  en la oscuridad lo iba notando como un parpadéo, de ida y vuelta, restregándose por todo su cuerpo con dejadez mórbida, sensual. ¿Por qué había aceptado aquel regalo de hombre tan aborrecible?. Quizá porque su contacto, cuando sus dedos lo atisbaron, ejerció en ella una estremecedora hipnosis en su ansioso yo. O puede que la partida hacia Madagascar del conde despejara un tanto su repugnancia hacia la dádiva. El caso era que lo llevaba puesto en la penumbra de su habitación. Ahora, que sabía que el conde Ántrax andaría por la húmeda jungla tras la caza del simio u otras bestias semejantes.

El conde le dijo cierta vez-“¿Por qué es tan mala conmigo, Miss Emily, acaso mi virilidad le repugna?

– ¿Su virilidad? ¿La conozco?… ¿La tiene, por cierto?

– Me hiere usted, Miss Emily… no esperaba tal vileza de sus labios…

Sabíase en toda Oklahoma que el conde había sufrido el estallido de un obús entre sus piernas. Decíase que fatalmente para su hombría. Y que repugnaban sus consecuencias hasta a las mandungas de Gutural Park, allá donde por un centavo se salía satisfecho.

El conde, poseedor de tan gran fortuna que andaba empinada por las quebradizas cúspides de la bolsa neoyorquina, le propuso matrimonio en el cementerio de Bootleg Falls mientras una amiga común daba descanso a su perrita Lucy en el reservado para bestezuelas con clase. A Emily le perturbó lo inadecuado del momento y del lugar. Y aquella mirada de animalito triste que el conde frunció en su rostro al pedirle nupcias, en lugar de conmoverla la sacudió en repugnancia y terror.

Mas en la penumbra de su habitación ya sólo un lívido ruido, si acaso junto al aleteo de unos lepidópteros restregándose entre las flores del jardín, en aquella vaporosa prenda lograba estremecerla con sus caricias de pétalo.

Cerró sus ojos y se dejó llevar por el vaivén de la tela, que aparecía con vida, meciéndose sola y sin ayuda de brisa. La cosa es que Emily estaba cansada, agotada  tras el paseo nocturno por los jardines de Monticelli, en busca de sosiego tras la partida del pertinaz conde. Comió bombones para olvidar al sujeto, mientras la placidez de la caminata acabó por asedarla. Y entonces lo notó. Por una fracción de segundo la epidermis del conde dejó su disfraz de tela. Y un hedor hediondo se esparció  por la habitación, mas al instante, todo recobró su delicia. Notando que la seda se aferraba a sus muslos para buscar sus hendiduras y estremecerse palpitante sobre el montículo de sus inhiestos pezones.

La adormecida Emily sintió como el tejido se adentraba de súbito en su intimidad más secreta, con el ímpetu del chorro de la manguera en riego. Y, en su inconsciencia, derramó fluido y estremeció su espasmo.

Se despertó horrorizada, sucia, mientras los bombones que había ingerido durante el paseo nocturno asomaban vomitados en arcadas de repulsa hacia el alfombrado de Moaré.

Sudada como yegua corrió hacia el escusado. Se arrancó a zarpazos la fina prenda, lanzándola sobre el bidet, y con rabia incontenida regresó a la habitación para asir la caja de fósforos de su monederito. Farfullando maldiciones dejó que la prenda ardiera en su cobijo de porcelana. Después, vomitó de nuevo.

Fue en aquel mismo instante, mas en lejana geografía, cuando el conde Ántrax, inconsciente en la pérfida jungla, paralizado por la lechosa ponzoña de unos lepidópteros azulados, yacía envuelto entre sedas segregadas con ímpetu por miríadas de gusanos con cabezota de falo, eyaculadores de un pútrido mejunje corroedor de anatomias. Y, sin embargo, reía.

Pasó el tiempo y las delicias de la juventud, al cabo, hicieron olvidar a Emily episodio tan procaz. Conoció a Evan Coyoughmurphy, se casaron y fueron la envidia de todo Rivendale. El ganado vacuno les dio fama y fortuna y las galardonados cabestros Coyough condujeron mansamente al matrimonio hacia la felicidad más absoluta…hasta que la pobre Emily dió a luz algo que la estremeció…y durante tres días aquel bebé no dejó de reir a mandíbula batiente …mientras, la mirada de Emily se perdía irremisible en las sedosas ensenadas de la locura, postrándola vegetal …Evan, por su parte, se suicidó entre los Erales.

Asi fue como el conde Ántrax retornó a la vida por primera vez… doblemente rico, entero de precisas carnes y heredero de una condesía que dejó en regla en las oficinas de Milton & Caniff Asociates antes de su partida a la profunda y misteriosa isla. Hinchado de odio hacia una mujer que había menospreciado su secreta virilidad…estas fueron, pues, sus vidas y los tormentos de Emily Pardeza…

…….

…por fin, la señorita Samsa nos deja hurgar en sus manuscritos. En los que, de cuando en cuando, hincaremos el diente. Comenzando por esta extraña historia de pasiones desaforadas y perfidias sin cuento…

Adela y la aguja

01-AAdela Punset se tragó, doncella entonces, una aguja de coser mientras fruncía su falda. Fue al desestambrarle la orilla cuando, en un suspiro romántico, se le engulló en el dedo una aguja del seis. Tras muchas radiografías, lavados de estómago y especulaciones, nada se supo de su paradero. Vagaba por su cuerpo, ese fue el diagnóstico.
Creció Adela con el temor de que un mal día le pinchara el corazón, despuntara por sus senos o deambulara por su cerebro cegándole el entendimiento.
Sus propios movimientos la alarmaban temiendo facilitar los de su huésped. Vivía angustiada.
01-AdelaFue asomada en su pie la primera vez que la vio. Caminaba por la casa y notó su pinchadura. Se descalzó excitada, llena de gozo y porvenir; y la observó, encarada en su punta ya roma y erosionada en sus días.
Todo fue en vano. Cuando llegó el doctor Bertomeu, ya no estaba. Aquel día Adela lloró y aquella noche notó su avance tobillo arriba; como el ladrón que huye de las radiografías policiales. Estos episodios de pequeñas frustraciones la iban agotando.
Adela, lánguida y triste vivía junto a la muerte imprevista. Un dormir y no despertar, el fallecimiento en publico (ésto la horrorizaba considerablemente) o la diversidad de agónicas muertes que andaba imaginándose.
Su diferencia con los demás era la certeza de la causa de su muerte. La conocía, pues era del seis y rectilínea, acechando la panza de su ojal por sus costuras de carne para coser su mortaja. Y se espeluznaba.
Aunque la ciencia nunca confirmara sus imaginaciones, creía saber donde se encontraba la aguja en todo momento. Decía sentir sus andares y querencias, sus humores.
Confeccionó su vida a medida de su aguja. Los disgustos, sus tipos y variedades, determinaban su dirección, su dañina marcha. Era tal la correspondencia de sus males con el amartelamiento de sus manías que, llena de dengues, le huyeron las compañías.
Para el doctor don Anselmo Bertomeu, y así se lo decía, sus males, desgraciadamente, no se diferenciaban un ápice de los males de todos. Pero Adela, lánguida y sensible, no se dejaba engañar.

…….

…comenzamos con Adela, la buena de Adela, que de pequeño me regaló una chocolatina de naranja, nuestra sección Almacén de Conocidos…a los que ruego, si se sienten ofendidos, sepan perdonar mi atrevimiento al hacer una semblanza de sus ilustres vidas, algunas aún deambulando; otras, desgraciadamente para todos, languideciendo en las migajas del recuerdo cuando la vida ya sólo es hueso…(huesos, por cierto, en los que los arqueólogos pueden confirmar todo lo que digo)

Lecturas para el Verano (5D5) Mari Pili en la alta sociedad

05-Mari-Pili-en-la-alta-soc

La soledad para Mari Pili era algo tan abstracto que apenas lo comprendía.

El tedio estaba de moda en las tardes veraniegas. Pues al atardecer era cuando la languidez de los socios del Tenis Club alcanzaba su cenit, con todos ellos acicalados como para continuo festejo, en aquel paraje exclusivo y privado a las afueras del pueblo.

Mari Pili había aprendido a entornar sus párpados con indolencia estudiada. Como lo hace el plumón movido por la brisa. Y con blanda abulia cargada de promesas se codeaba con los señoritos causando estragos.

Ella, la hija de una costurera, lanzada a la cúspide por el arrebolado esplendor de su belleza, era asediada por retoños de banquero, crías de fabricantes de bombones y vástagos de falangista en veraneo trimestral. Mucho había tenido que esforzarse para adquirir aquellas maneras de imitación cinematográfica, que no entendía en absoluto: indolencias y abulias, apatías y desmayadas expresiones que la hacían “chic” entre los mastuerzos del ricacho depredador.

Pero a doña Paquita, su mamá, le había costado lo indecible acicalar a la nena, ahorrar para sedas y tules, damascos y marroquinería de adorno. Interminables noches de costura dañándole los ojos la condujeron a la miopía. Junto a un brasero, procurándole un tenue calor que imaginaba preludio de estufas y radiadores, mantas eléctricas acolchadas y toda clase de felices parabienes que se oteaban tras el plan Marshall.

Y así, Mari Pili, con amaestrado recato, agudizaba sus formas hasta el mareo, insinuaba sus senos inhiestos e inmóviles y torneaba sus caderas como bordados de antesala que prometían su culminación en el paraíso mesiánico de su abdomen.

Un jersey de tweed de Mari Pili, no sólo causó estragos entre la muchachada, sino que provocó el odio eterno femenino al modo cartaginés. Las amigas de su círculo se juramentaron para encontrar un motivo que la expulsara del Tenis Club. Y en vista de que en sus estatutos nada la hacía factible idearon una trampa.

Y para sus propósitos nadie más ad hoc que el bueno de Carlitos Arizmendi.

Pitita, Fufi y Lulín perpetraron la perfidia. Los celos de estas tres mujercitas mimadas ya habían alcanzado ribetes mayestáticos.

Mas permítaseme no privar a los lectores de una Mari Pili enfundada en su Tweed que, calzado como un guante en su tórax, modelaba tal finura de formas que pulimentaba las miradas. Así, la curvatura de su cintura ofrecía tal óvalo con sus caderas, que ni lo aerodinámico en el ave hubiera osado competir. La finura de sus hombros, esa curva de su caída, dinamitaba con creces la ortodoxia clásica de lo bello. Pero sus senos ¡ay sus senos¡ eran dos perfectos promontorios de imposibles finisterres. Pacatos, como los de la ideal ama de cría y, sin embargo, imanes de lubricidad.

Todo sucedió muy rápido. Dejando sin gasolina el descapotable de Arizmendi obligaron a la pareja a pernoctar al raso, en pleno ecosistema, añadiéndole a la naranjada de Carlitos un chorrito de Excitín robado en los cuarteles de la remonta y que, dicho sea de paso, se le administraba al semental ayudándose de cuentagotas.

Fue el cabo Fuensanta, de la benemérita, quien encontró el cadáver del muchacho en el interior del vehículo, sorprendiole el rigor mortis en prolongada erección, tanto que hubo que aserrar para enterrar en cristiano y ataúd standard. Mari Pili, entre sollozos, contábale a los muchachos la repentina indisposición que la privó del programado viaje y, éstos, la consolaron sobre su tweed. Mientras, Pitita, Fufi y Lulín comenzaban a pensar levemente sobre la conveniencia de profesar para convento. Tal como el padre Lebreja les aconsejó en la espontánea confesión que las ateridas ninfas, aún horrorizadas de su broma incalculada, efectuaron al confesor.

Mas, tan pronto se les pasó el sofoco, no dejaron de idear nuevas acciones contra Mari Pili. Pues, al no haber contrición, le cogieron gusto. Pero, éstas, ya son otras historias y otros veranos.

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Novela Popular. Ejercicios de estilo (folletín)

Lecturas para el Verano (4D5) la geometría del caos

04-La-Geometría-del-Caos

– Carlitos ¡venga! hazme el amor.

Así era Patricia. Nada de estudiadas insinuaciones telúricas o arrabaleras procacidades, no.

Miraba Patricia hacia el tren distante. Asomando por el túnel de Ojos Negros.

– tardará diez minutos, tenemos tiempo de sobra y aquí no hay nadie .

Lo decía levemente y separábanse sus muslos para facilitar la lubricación vaginal. Cosa de quince a treinta segundos en las hembras jóvenes.

Carlitos, el estúpido de Carlitos, se puso colorado, desacostumbrado al saber enciclopédico de Patricia.

– Excítame antes- le espetó Patricia al ver que Carlitos no salía de su pasmo.

– ¿Es qué eres bobo?- y le desbrozó los pasos- ¡atiende!: excitación, meseta, orgasmo y resolución. Primero, la excitación.

Carlitos, afecto a la poesía natural, seguía sin entender.

-¡Tonto, atiende…la excitación será cosa de treinta segundos a lo más. La meseta, sí bobo, la expansión de mi vagina y la erección del clítoris, ponle minuto y medio. Después ya vendrá el orgasmo, digamos que de ocho a doce contracciones a intervalos de cero coma ocho segundos; a lo más, nueve con seis segundos. Qué ya me apañaré yo con la resolución, aunque veo en tu cara que no sabes de qué se trata…

– Pues no.

– Es el tiempo que tardaré en volver al estado previo a mi excitación. Pero eso no cuenta, y lo arreglaré mientras me visto. Total, en dos minutos, nueve segundos y seis décimas asunto concluido.

– Eres de libro Patricia.

– Sí, no te diré que no.

Patricia, ya desnuda, contemplaba a Carlitos bajándose los pantalones.

En el apeadero de Segorbe reinaba un sol de justicia. Y la monótona chicharra rumiaba procacidades al son de la calima. Pudo ver Patricia a un famélico gato cruzando la solana para tenderse bajo la sombra de una higuera, a la avispa en busca de charco en fuente para acémilas, y a la vieja, que tendía lejana y al óleo. Mas no a Carlitos, que ni la mochila quedaba de él…

– Bobos, es que sois redomadamente inútiles…

…al cabo, asomar la locomotora por la boca del apeadero, para dejarlo tendido, solitario, dispuesto a que asomara Carlitos tras un cañaveral en cuanto partió la comitiva.

Y es que la naturaleza es abstracta. Y la geometría, caótica e impredecible.

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Novela Popular. Ejercicios de estilo (colecciones prácticas)

Lecturas para el Verano (3D5) nace una canción

03-nace-una-canción

Desde que Abel Tapia baleara a un perro en una calle de Chihuahua, y sonara un: ¡cabrito! entre la muchedumbre anónima; le llamaron Cabrito Tapia.

El primogénito de los Conchos, Edelmirito, lo llevaba siempre a su lado y el pistolero, para eso le pagaban, cuidaba del joven.

La primera vez, Edelmirito se metió con un tahúr y Cabrito Tapia no tuvo otro remedio que matarlo. La segunda vez, le dio dos hostias a Edelmirito. Y no tuvo que matar a nadie.

Aún así, Edelmirito lo idolatraba. Y había conseguido de Abel lo adiestrara en el manejo del revólver. Don Honorato Conchos se complacía de tal enseñanza, Evita, la chamaca de Don Conchos, no lo aprobaba.

Y es que todo le parecía mal a la niña. Desde que vino de Boston, tan ahuecadita ella y tan sacadora de defectos.

Que si el hedor del corral y la peonada, que si los sucios garañones y las malas pulgas de los cabestros, que si el aireado de su dormitorio…que si ¡leches! se decía Don Concho. La niña le había vuelto muy señorona. Y le complacía.

Muy en su sitio.

Muy hijita de Don Honorato Conchos. Que tenía más reses que piojos habitaban en toda Chihuahua. Y los dengues, y la tontería, se le salían por las orejas, a la niña. Que no a Don Conchos, caballero e hidalgo de abolengo rancio y genesiaco. Pues su bisabuelo, arribó con las mesnadas de Bernabé de Mondejar, más conocido como el degollador Mondejara, por lo bien que regaba los campos con los indios levantones.

Evita, en la tienda, había dicho:

– Que aquí, el tejido es muy basto. Impropio – dijo, sí – impropio de la casa de los Mondejara de Conchos. Habituada a otras galanuras menos bastardas.

La seda del Mississippi tampoco le valía a la niña. Quería un vestido, por pedir, de raso Otomano. Que nadie supo qué era aquello, y la tomaron por muy viajada. Más no todos.

Que el joven de los Tapia, moreno y Moreno, pues así era y se apellidaba por parte de su mamá, la tildaba de malcriadita, meliflua y espantosamente adorable. Y apostó si alguien,  bien pudiera ser él, domesticara a la mona.

A los oídos de Evita, arribó la apuesta. Ya sustanciada como tal en la cantina de Borromeo, el que tenía diez chamaquitas y todas viciosas, se decía, al frente del negocio. Al frente y también detrás, que los pesos supuraban desde los camastrones.

– ¿No es ése el moreno de los Tapia, aquel chamaquito de las pequitas en la frente? – inquiría Evita a su doncella Paloma Soto. Preparada para el evento de aguantar de la niña lo que viniera.

– No… ¡qué va!…El de las pecas, es su hermano, el Abel, el que cuida del señor Edelmirito. Que con eso de ir barbado ya no se asoman. Éste es el otro, el Caín, el que ayuda a su padre en la funeraria y acicala a los difuntos.

– ¡Qué atroz! Debe ser un bobo

Y se espantó de un manotazo a una mosca rondadora.

– Y huele a muerto – le bisbiseó la doncella al oído, como quien dice un secreto.

– ¿Y qué olor es ése?

– Como a champiñones – respondió Palomita, santiguándose tres veces.

Desde que en Boston Evita probara el champiñón, todo lo agradable olíale a ellos. Lo consideraba un manjar lánguido, mortecino, muy de vahídos románticos. Proveniente del mismo polvo picante del pecado. Y, ni ella sabía por qué, le entraban unas ganas locas de olerlo. Suspiraba, y se estremecía como el bambú.

– ¡Qué cosas tienes, Palomita…tú, qué sabrás de aromas…

Paloma, efectivamente, poco sabía de aromas. Mas era doctora en hedores, que para eso su padre, el ciego Paloma, se le acercaba a toda hora para rascarle el bolsillo y sonsacarle las nuevas de los Conchos. Por ver si asomaba un corrido al son de su guitarrón. Que para eso era ciego y le daba por el son.

–        Mira, Palomita, de ésta nos llueve plata, que de aquí sale un dramón a cuenta de Mondejara. Y es que esa niña que tienen nos va a cubrir las espaldas. Tu encélame al Cabrito, que la niña le hace aguas. Que yo le pondré la letra y tu bailaras descalza por las cantinas de Orejo, Matamoros y Oribamba.

–        ¿Qué dices, papito, estás loco? – le respondió la chamaca – desde que empinas el codo te crees el maestro Bocanegra, ese que compuso el himno de nuestra querida patria.

–        Pues ya le tengo yo el título a la bonita canción. Y si todo va a tal fin, le pondré…Cuando Abel mató a Caín.

Mas no le hizo falta a Paloma encabritar a las partes, que la niña se bastó para organizar la parranda. Pues nueve meses después nacería la evidencia de que la nocturna apuesta concluida se asomaba. La única novedad fue que las que bailaron descalzas fueron ya las dos, no en las cantinas de México, sino en tierras de Alabama. Y fue en el espectáculo ambulante de los hermanos Quirós, asociados de ocasión con el Circus Morgan Bros.

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Novela Popular. Ejercicios de estilo (oeste)