Los Abismos de las Aceras (1D3)

♦♦♦ 1 – La Ciudad y los Tuertos

Los cristales de las ventanas vibran roncos en su domicilio. El tráfico rodado de la avenida captura un trance de miradas con chabacano meneo de nalgas. Es como si un tísico crónico habitara todas las habitaciones a la vez.

Cuando todo esto sucede, callan los dos pájaros en jaula, tendidos en la pared por una alcayata de acero. Callan, presentidores que son de catástrofes al caer. Enmudecen, al mismo tiempo que paralizan la constante brega de un palito al otro. Son jilgueros tuertos, eunucos de un ojo para afinar sus trinos.

Ramón los ha comprado en la Plaza Redonda un domingo de mercado. Eran los más cantores de entre todos los puestos de pajarería; situados, casi en el centro de la plaza, en su mínimo círculo anillado de fuente seca.

Ramón, no está seguro, recuerda al vendedor, también tuerto; su mujer, tuerta; sus hijos, tuertos. Con su ojo neblinoso engarzando a Ramón, hipnotizándolo a la compra.

Un veguero, en la boca ladeada del comerciante, enmascaraba su ojo tieso haciéndolo vibrar de espejismos en miradas.

Sus hijos, su mujer…todos tuertos del mismo ojo. Quizá el derecho, quizá el izquierdo. Que no se acuerda Ramón, abocado a escuchar el ronco tembleque de los cristales que fotografían su vida.

 

 

Entonces se acuerda de don Rosendo Amores, del que se supo, una vez muerto, que poseía dos ojos, intactos, hasta el mismo día de su defunción, que después, apagados en la muerte, se dieron a perder.

Sin embargo, Angelina, su mujer con cincuenta años de esposa a sus espaldas; Luís Eduardo, hijo aún anclado a la custodia del hogar, o Fernandita, la juguetona niña pequeña, ignoraron el hecho, hasta que el Doctor Bravas al quitarle el parche de su ojo izquierdo una vez fallecido, se lo comunicó a doña Angelina y ésta a Luís Eduardo. Sólo, al parecer, Fernandita, tan juguetona con su padre, ya lo sabía, pues no dio muestras de sorpresa alguna. Qué misterio, pues, encerró a Don Rosendo Amores que, tras cincuenta años de matrimonio y algunos de noviazgo, fingiose tuerto del izquierdo sin cejar en su impostura. Turbia es la vida y rara su practicidad.

 

…….

De la Serie – Adela y Ramón

Otro relato de la misma serie aquí

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8 Respuestas a “Los Abismos de las Aceras (1D3)

  1. No es poca cosa conservar virgen un ojo durante tantos años… para mejor contemplar el Más Allá, tal vez…
    El Abuelito

  2. Y a mí que lo del ojo me suena a trauma edípico… A ver si don Rosendo tuvo algo que ver con la simpar* Rosita Amores…

    (*No me hagan bromas con los pares… que Rosita gana por goleada.)

  3. De nuevo esos dibujos mirando de frente

  4. Celebro verlo de nuevo en mi pantalla y actualizando su blog,
    Ummmm el otoño y el curso gráfico deja caer sus hojas

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