Dice la Oruga…

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La crónica de la infancia bien pudiera ser la historia de una devastación. Un apedreamiento hasta enterrar al infante en el Super-Yo freudiano. Descalabro total en civilizaciones agónicas, atrapadas, prisioneras de sus insondables y mitificados fundamentos de los que ya nadie es capaz de explicar su alegórico mensaje: son los tiempos del lobo escolástico. Cuando todo es ceremonia, solemnidad y espectáculo, comienza la desolación…

Mientras tanto nuestros personajes de ficción balbucean, buscan su voz, no quieren ser esperpento y espejo de adultos que se reflejan en ellos…y se dan cuenta que su voz está enterrada en ningún lugar, sepultura infinita, búsqueda abisal.

Sin embargo hablan, tienen que decir. Porque el silencio es la ceremonia, la solemnidad de un espectáculo que los sepulta. Y el dibujante les deja hablar, decir, con la esperanza inútil de escuchar aquella su voz que ni siquiera sabe bien si llegó a decir.

La civilización Occidental repta, culebrea y se desliza, se chuta hacia su propio apocalipsis… sólo los niños presienten el desastre…todo acabará en un parvulario.

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