A Martín (que se ha muerto el pobre)

El primer grito desgarrado, a punto de amanecer, lo daba Martín; después se callaba, no decía nada.

Martín vivía en los huecos. El descarnado Martín era drogadicto, pero él no lo sabía. Poco sabía Martín, ni de él, ni de nadie.

-Oye Martín ¿has desayunado?.

-¿Cuándo?

Martín se levantaba anochecido para, por la senda segura de los bordillos municipales ir al Bar. Llegar y sentarse a la mesa, sin consumir.

-Oye Martín ¿has cenado?

-Cenar está bien.

Sentado espera los días que no entiende para embarcarse en La Virgen de Cocentaina. Allí, al relente del salitre puede que sueñe. En la ciudad no sabe hacerlo; lo marea, la ciudad le marea mucho.

-¿Hace un cigarrito Martín?

-Si pones el fuego…

Cuando le salieron esas costras a Martín, esas placas que le secaron púrpuras en la cara, no las vio.

-Oye Martín ¿no te pica eso de la cara?

-No tengo espejo, pero en el barco hay uno.

La mirada de Martín servía para mirarse. Un espejo de mercurio que te reflejaba. El manantial vacío donde la vista vislumbraba algo más allá del propio reflejo, como una medusa.

-Estás en los huesos Martín.

-Es que me distraigo.

La Virgen de Cocentaina pescaba el atún sin hacer puerto. Una vez repleto, descansaba una semana allá donde caía.

-¿Qué llevas ahí Martín?

-Tengo una serpiente de tres metros ¿sirve para algo?

-Puedo hacerle un cinturón a mi señora. Venga, abre ese saco con cuidado.

Quitando del fumar, no había visto otra cosa Martín que llamara su atención. La mirada de rumores del galápago no le atraía. El masticar extremo del camello, tampoco. Sólo una vez, los negros ojos de una mujer, aquellas rajas que parecían heridas, le habían atraído. Pero, ¿cómo llegar a ellas? Tan lejanas le parecieron; y él, tan poca cosa, que hizo por olvidarlas recostándose en el camastro a mirar el humo.

-Oye Martín ¿vais de putas ultramarinas?

-En Tánger hay una ciega que me ha enseñado el amor.

En Tánger es cuando Martín se pone su camisa blanca que guarda en una caja de zapatos. Sólo en Tánger llora un poquito Martín, y él no sabe por qué.

-¡Qué ganas tengo de llorar! Pero aún tardaré.

-Vamos Martín, toma una cerveza que te quiero ver alegre.

……………………….

La tarde en que murió Martín estábamos solos. Su cama crujía y una monja abombada le preguntó que si quería confesión.

-Déjelo, Sor, que ya me confesó una ciega. Y usted de esas cosas no entiende.

-Vete tú a saber- le dije al moribundo

Entonces fue cuando un inesperado Martín habló de forma distinta:

-Siempre me ha gustado la soledad. Y he cavilado una y otra vez cómo procurármela. Tú la encuentras rayando. Yo no he podido. Ni siquiera en la proa de La Virgen, qué ya es decir.

-Joder, Martín, no pareces tú.

-Es que me muero. Y quiero ver si la encuentro hablando.

-Pues, dale…

-No es cosa sencilla la soledad en un mundo medido a palmos, tasado y usufructuado al milímetro. Ni siquiera en el mar. No basta, pues, con estar solo, es necesario que nos dejen en paz. Se puede estar, quizá, unas horas, un buen rato o un tiempo prudencial; pero estar lo necesario es tarea de titanes. Alargar la soledad hasta convivir en ella, además de placer remoto es tarea sobrehumana.

– Ya lo sé. Yo dibujo porque me mareo en los barcos y en las rayas.

– Es lo mismo

– Pues, ya ves…

– Si.

Fue en el cementerio cuando el capitán me dijo:

–         Este Martín, sabe? , hablaba con las nécoras…en mi vida he visto nada igual.

(A tu salud, Martín, ahora que has muerto)

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4 Respuestas a “A Martín (que se ha muerto el pobre)

  1. Hermoso…

  2. Yo aún diría más: hermoso.

  3. No le conocía pero seguro que ahora me acordaré siempre de él … y las nécoras, que tambien viven y mueren sin espejos y que , con toda certeza, no aprendieron de sus conversaciones a distinguir la mano humana del guante.

    Hasta ahora Martín…

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