Manías sin más

…como todos uno va naciendo con una serie de taras que, poco a poco, va adquiriendo durante su inocencia…aquel primer grito desgarrado e inexplicable, allá a lo lejos, que se escucha desde la cuna; ese primer fogonazo de un sol hiriente al entreabrir el primer ojo aún empastado de legaña o, también, ese primordial manotazo que te pilla desprevenido cuando uno, infeliz,  estaba notando lo inédito de si mismo y se creía algo…pues las neuronas y sus simbólicas mezcolanzas quedan impresas en lo indeleble durante las primeras impresiones, esa genuina vez, que recibimos lo externo. Tiempos en los que ni siquiera tenemos dientes de leche. Ni de buena ni de mala.

Con éstas razones uno se va explicando sus manías. Como la de almacenar dibujos de objetos, dibujarlos de nuevo al verlos allá donde se encuentren: prospectos, revistas, enciclopedias, tebeos, diccionarios…y todo desde la temprana edad en la que los mocos penden en su reloj sin hora.

Ya a estas alturas ni me molesto en explicármelo. Sobretodo cuando uno cae en la cuenta que cercenarse las manías es una estupidez. Una sobredosis de educación que no lleva a ninguna parte, un auto amaestrarse por si cae el terrón de azúcar…

Pues eso, sin más les dejo aquí una segunda entrega de Arqueologías variadas…

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