Storm, el Leporino

Storm, el Leporino

El Saloon era un cuchitril infecto a la entrada de Wichita. Allí, la suciedad rezumaba por todas sus paredes como resinosa roña, fétida. Abombándose, ahuecándose en cada esquina en formaciones de mugre a modo de nidos que asemejaban paleomodernista adorno resaltado por la oscuridad. Quizá ángeles entre hojarasca y lodo.

Cleofás Mungo, el dueño del antro, miró de reojo al forastero que, todavía junto a los batientes, admiraba el panorama aún incrédulo, con una especie de mueca a modo de sonrisa, inmóvil y empastada en la fisura de sus labios. Aquella deforme reacción, pues Storm no llegaba a más en sus alegrías, había sido coronada por el cartelito que colgaba empinándose sobre la barra rezando desconchado: “Saloon El Paraíso”.

El impecable atuendo de Storm, sin llegar a la payasada que en el Este decían vestimenta, sin saber por qué, alarmó a Cleofás. Habituado como estaba al pringado inmundo que frecuentaba el local moteado en lamparones, humores y otros líquidos orgánicos de gozosa prontitud.

Un par de Colts asomaban desde los impolutos faldones de la chaqueta del forastero. Su posición denotaba que, en un santiamén, escaparían a tomar el aire al menor deseo de su dueño.

–          Whimskym – susurró Storm una vez llegado a la barra.

–          ¿Desea…? – preguntó Mungo desconcertado.

–          Whimskym…y del buenom – repitió Storm mientras daba un repaso con estática mirada a los parroquianos – …no mem imaginabam asim el paraisom.

El dueño, al oír al recién llegado, no pudo reprimir una risotada tan espontánea y en descontrol, que salpicó al forastero con el ímpetu de su saliva.

Storm, demudado, marmóreo, sólo rota su inmovilidad por un pañuelo de fantasía que enjugaba su mejilla, miró con fijeza al barman. Y Cleofás Mungo pudo contemplar ante sus ojos el suficiente abismo que se atisba en una tumba. Y se tornó lívido.

Temblando, obnubilado como el pajarito ante la nocturna linterna, Cleofás logró decir:

–          Dis…disculpem…ha sido sin intencióm…digo, inten…cielos!

Siempre se da uno cuenta de sus torpezas cuando ya es demasiado tarde. Digamos que una fracción de segundo antes de morir.

–          Cochinom puercom…

Esto último, que susurró Storm, ya no lo pudo escuchar el barman.

…….

Lecturas para el verano. 3 Westerns. Por Silver Samsa.

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