Relatos arcaicos

Uno-

Criptógamas vasculares afloraban por toda la sierra. Licopodios y Equisetos tejían bosques y exuberancias habitadas por las cucarachas del Pérmico, tras la matanza de las libélulas gigantes contra el reptil incipiente. Y todo fue hedor bajo las Sigilarias exuberantes y el Lepidodendrón en flor.

Allá a lo lejos tan sólo el ir y venir de los cúmulos de escoria del plegamiento caledoniano en todo su apogeo.

Respiraban los Pecopteris agitando sus carnosas ramas tramadas de nuez tiznada de hollín. Nunca se había escuchado el grito. Tres mil millones de años bajo el aleteo de los insectos, el rugir tamizado del volcán y el arcaico eco de un espeluznante ronroneo correteado por todos los seres que iban poblando la tierra, lograron el silencio.

Mas cuando todo el Paleozoico se venía abajo y los albores del esplendoroso Mesozoico lo fueron estrangulado, asomó el primer grito del reptil vegetariano asesinado por su congénere carnívoro. Se avecinaban los nacientes intentos para construir la civilización, la originaria. Cuando el primer grito manchado. Cuando las primeras gimnospermas lanzaron sus piñones al lodazal inmenso del Triásico.

Dos-

La saurara masticaba un insecto hurgando con su pico el panal dodecaédrico, los guardianes de la miel eran sus bocados preferidos y la azucarada melaza juntabase con la acidez del ortóptero deleitándola sobremanera. Entonces le revenían sus recuerdos: un corretear, que ella no sabía, del Compsognathus, su reptil antepasado. Del que heredó el placer del robo y la furtiva destrucción. Sus pasos mudos la tranquilizaban sabiéndose en rama, fuera del alcance de carnívoro merodeador…la comida, siempre fue así, le causaba somnolencia, un bendito sopor que la holgaba hacia el fresco atardecer encaminador a su guarida.

Fue el saurara ave diurna, gran masticadora de insectos acorazados, coleópteros fitófagos y apterigios colémbolos. En el dosel de la jungla Oligocénica las aves vivieron su paraíso milenario.

Tres-

Las olotúrias vagaban lánguidas sobre los corales pulmonados engullidores de crustáceos. El tiempo de los infusorios había declinado. Y ya las esponjas y los escifozoos se adueñaban de la novedad. Eran los tiempos del metazoo desarrollado hasta la excelsa meta de un ano coronando su intestino. Eran tiempos de grandes novedad en teleósteos de todos los pelajes. El tiburón voraz escaseaba inusitado.

Centenares de metros de algas ondeaban conteniendo la respiración y el rodaballo ancestral husmeaba en la roca en busca de almejas.

Una concentración de anélidos marinos comenzó a borbotear bajo las algas mecidas en lejana corriente. Voraces devoraban la fina arena enloquecidos en su frenesí. El hoyo escarbado ampliaba su perímetro a cada acometida de alienada actividad. Revoloteaban las medusas sobre el maremágnum escavador.

A la mañana siguiente el hoyo era inmenso, acraterado. Y el frenesí de los anélidos, menguado, agotado, moría en un simulacro barroso de cráter mixtificado.

Al cabo, los teleósteos comieron sus cadáveres. Pero eso ya fue en el carbonífero.

Cuatro-

Lamelibranquios y Gasterópodos nacían a la vida en el Pleistoceno medio. Y bajo los acantilados, miríadas de moluscos fecundaban billones de huevos cada día cuando el famélico simio lanzaba sus dedos hacia el voluptuoso bivalvo. Andaba un par de días sin comer, y el mejillón gigante no acertó a cerrar sus valvas cuando el mono lo arrancó de su escondite. El Alcanforero lanzaba sus ramas a la brisa de la tarde y el ámbar de los pinos atrapaba insectos que morían paralíticos.

El Nummulites rodaba hastiado, cansado de las eras. Y el simio hambriento yacía a la sombra de las magnolias, ahíto de óvulos de mejillón preñado. Imaginó entonces la inmensa comida que albergaba el valle. Y se juró a si mismo conquistar la tierra. Fue algo fugaz, una ensoñación psicodélica que lo amansó un instante.

Inventado el placer, el simio se avituallaba para otearse en homínido. La persistente lluvia le daba ánimos oscureciendo la luz del día, y ya nocturno proyectó el escalo.

Sedimentó el lignito mientras los continentes vagaban. El abundante insecto multiplicaba sus especies. Sesenta y dos millones de años obraron el prodigio y comenzó el cuaternario.

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