Los jueces de la cultura

En esta que dicen era digital, esperanzada utopía de sacristía civil, que apenas comienza y prefigura, asistimos perplejos a las maniobras de la industria cultural que apenas ve en ella un espejo en el que reflejarse integra, perpetuada. Para tal menester cuenta con su fe religiosa por la cual cree que es ella la misma cultura. No siendo apenas más que la transmisión de las ideologías que la sustentan, su ejemplificación moral publicitariamente empaquetada.

Los autores se agrupan de nuevo en aquel concepto medieval que dio origen a los gremios, nacidos para censurar, mental y territorialmente, cualquier competencia. A estas alturas de una civilización que se mordió la cola tiempo ha, el concepto de autor no va más allá del de manufacturador, el artesano repetidor de lo ya expuesto mil veces. La autoría es una farsa, y más tratándose de cultura, herencia, como la genética, a la que no le corresponde copyright.

Pues en una estricta aplicación judicial de los derechos de autoría ningún artista quedaría fuera de la trena. Ya que lo cultural no se sustenta en la nada, y mucho menos en la concepción romántica de la genialidad que tanto gusta venderles a los gentiles. Pues la cultura emerge desde lo que la ha precedido, de cada una de las obras que ya fueron, de su propia historia. Y más le valdría al autor darse cuenta de su condición, de su lugar en un engranaje en el que es pieza de recambio. Dejar de jugar al genérico disfraz de una rebeldía que no le corresponde y simplemente es el hábito de su propia mortaja.Y no en un defender, cual cancerbero, el cementerio mental de su amo. Porque la cultura se hace libremente o es un presente continuo en el perpetuo día del padre.

Cual sucedió en la Roma decadente, el artista-esclavo a la vista de su manumisión, por otra parte irreal, se agita y lloriquea.

Perdida guerra ésta ante los voraces mercaderes. Aunque lo realmente espeluznante es el autor y su patético devenir pequeñoburgués.

La industria como juez de lo cultural. Otro signo de nuestra suprema decadencia.

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3 Respuestas a “Los jueces de la cultura

  1. Sí, eso es.
    Llevaba días como un rumiante, y ahora está ahí, arriba, y deglutido; por fin.
    Y también intentaba recordar en dónde leía hace tiempo algo, y el rumiante cerebro lo localizó (sin multimedia).
    Y dice:
    “… Sí. Eso es, esa muerte de la mosca se convirtió en ese desplazamiento de la literatura. Se escribe sin saberlo. Se escribe para mirar morir una mosca. Tenemos derecho a hacerlo…” (Marguerite Duras, en su ensayo Escribir)

  2. Yo, en lo del engranaje, aspiré/o, tan sólo, a ser una bola de rodamiento.

    Pero nada más que por si los niños -algún niño-, en su día -algún día-, quisieran jugar a las canicas.

  3. Anoche asistí a una conferencia sobre los nuevos medios que surgen de debajo de las piedras , los volcanes. El suelo antes de papel ,tiembla como en Pompeya.

    Sin más ,espero que disfrutemos de esa escultura de escayola en la que saldremos todos muy guapos.
    Abrazos a tutti.

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