Lecturas para el Verano (1D5) instante de un crimen

01-Instante-de-un-crimen

La mujer freía un huevo.

Al menos su crepitar asomaba en la sartén agarrada por el mango. No asía, agarraba, como si temiera que saliera corriendo su contenido.

El hombre, escondido tras una cortina de lona embreada, la contemplaba. Se llamaba Paloma. La fotografía enmarcada que tenía ante sus narices lo decía claro: Paloma 16-3-72. Esa fue la fecha de su boda.

Pero hacía una semana que ya era viuda.

El tipo escondido, como sacristán del reverendo Grijalva, se había enterado de muchas cosas. Por ejemplo, de que aquel marido muerto le entregó al padre 300.000 pesetas para la que sería su viuda. Y el sacerdote aceptó el encargo.

Unas semanas más tarde el garrote partía la copa de su espinazo. Y la mujer seguía friendo el huevo. Que no podía serlo. Porque para entonces ya estaría calcinado. Así que debía ser otra cosa.

Pero qué cosa se fríe durante media hora. El hombre tras la cortina lo ignoraba. Era como un acertijo. Y a él le repugnaban. Nunca adivinó ninguno de ellos. Y ¿por qué tenía que hacer el esfuerzo de adivinarlo en aquella ocasión? Le dolería la cabeza, siempre lo hacía. Así que, continuaría siendo un maldito huevo. Requemado, renegrido. Pero un huevo.

Paloma, ayudándose con la espumadera le lanzaba aceite por encima. Era un movimiento maquinal, como el batir de alas de otra paloma, ésta agonizando. El leve giro de su muñeca lo repetía una y mil veces.

Tras la cortina el tipo comenzaba a impacientarse. Aquello no tenía fin.

Pero la mujer dejó de batir. Y dejó de mirar la sartén. Su cuello buscó la silla de madera y bruscamente se sentó en ella. Comenzó a llorar. Sus manos cubriendo su rostro.

Lloraba bien, pensó el tipo tras la cortina. No como aquellas beatas que conocía. ¿Las mujeres lloran de otro modo cuando no fingen? Pero el hombre tras la cortina desconocía las cosas de las mujeres. Sabía como lloraba la pobreza y el asco, la resignación, el odio y el miedo. Pero aquel lloro era otro, desconocido, de nuevo una adivinanza. Era una clase de dolor que el ignoraba. No era por uno mismo, como todos los llantos que había conocido…y comenzó a desesperarle aquel continuo llanto. No lo descifraba. Y se preguntó en su ordinariez si el cura le habría estafado los sesenta mil duros. Pero ¿cómo iba a llorar por un dinero que desconocía? Y comenzó a sentirse mal. Aquella casa, aquella mujer, todo era un acertijo. Y él los odiaba. Así que se decidió a resolverlo a su modo. No fuera que le doliera la cabeza.

La mujer sólo tuvo tiempo de aletear las yemas de sus dedos, como dándose golpecitos para salir de una sorpresa. Nada más.

Porque la navaja del tipo le seccionaba el cuello en un instante rojo. Se retorció un poco y ni siquiera se desplomó de la silla. Ni un suspiro, sólo sus lágrimas salpicándole, y la sangre, tibia, deslizándose por su cuerpo que ondeaba espasmos. Las lágrimas cesaron. Ahora tenía que buscar el dinero.

Pero la curiosidad de los acertijos pudo más y se acercó hacia la sartén.

Sí, claro, las trescientas mil pesetas ya sólo eran un grumo pringoso completamente renegrido. Como en los periódicos que encienden chimeneas, aún pudo distinguir la cara repetida de Manuel de Falla. Pero el hombre de la cortina tampoco sabía de quién se trataba. Solo sabía que fue dinero. Así eran todos los acertijos, una tomadura de pelo.

…….

Novela Popular. Ejercicios de estilo (criminal)

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2 Respuestas a “Lecturas para el Verano (1D5) instante de un crimen

  1. Ojiplático me he quedado. Estupendo folletín de verano.

  2. ¿A que sabe el papel frito?
    Estupendo relato
    gracias

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