Archivo mensual: julio 2009

Lecturas para el Verano (4D5) la geometría del caos

04-La-Geometría-del-Caos

– Carlitos ¡venga! hazme el amor.

Así era Patricia. Nada de estudiadas insinuaciones telúricas o arrabaleras procacidades, no.

Miraba Patricia hacia el tren distante. Asomando por el túnel de Ojos Negros.

– tardará diez minutos, tenemos tiempo de sobra y aquí no hay nadie .

Lo decía levemente y separábanse sus muslos para facilitar la lubricación vaginal. Cosa de quince a treinta segundos en las hembras jóvenes.

Carlitos, el estúpido de Carlitos, se puso colorado, desacostumbrado al saber enciclopédico de Patricia.

– Excítame antes- le espetó Patricia al ver que Carlitos no salía de su pasmo.

– ¿Es qué eres bobo?- y le desbrozó los pasos- ¡atiende!: excitación, meseta, orgasmo y resolución. Primero, la excitación.

Carlitos, afecto a la poesía natural, seguía sin entender.

-¡Tonto, atiende…la excitación será cosa de treinta segundos a lo más. La meseta, sí bobo, la expansión de mi vagina y la erección del clítoris, ponle minuto y medio. Después ya vendrá el orgasmo, digamos que de ocho a doce contracciones a intervalos de cero coma ocho segundos; a lo más, nueve con seis segundos. Qué ya me apañaré yo con la resolución, aunque veo en tu cara que no sabes de qué se trata…

– Pues no.

– Es el tiempo que tardaré en volver al estado previo a mi excitación. Pero eso no cuenta, y lo arreglaré mientras me visto. Total, en dos minutos, nueve segundos y seis décimas asunto concluido.

– Eres de libro Patricia.

– Sí, no te diré que no.

Patricia, ya desnuda, contemplaba a Carlitos bajándose los pantalones.

En el apeadero de Segorbe reinaba un sol de justicia. Y la monótona chicharra rumiaba procacidades al son de la calima. Pudo ver Patricia a un famélico gato cruzando la solana para tenderse bajo la sombra de una higuera, a la avispa en busca de charco en fuente para acémilas, y a la vieja, que tendía lejana y al óleo. Mas no a Carlitos, que ni la mochila quedaba de él…

– Bobos, es que sois redomadamente inútiles…

…al cabo, asomar la locomotora por la boca del apeadero, para dejarlo tendido, solitario, dispuesto a que asomara Carlitos tras un cañaveral en cuanto partió la comitiva.

Y es que la naturaleza es abstracta. Y la geometría, caótica e impredecible.

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Novela Popular. Ejercicios de estilo (colecciones prácticas)

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Lecturas para el Verano (3D5) nace una canción

03-nace-una-canción

Desde que Abel Tapia baleara a un perro en una calle de Chihuahua, y sonara un: ¡cabrito! entre la muchedumbre anónima; le llamaron Cabrito Tapia.

El primogénito de los Conchos, Edelmirito, lo llevaba siempre a su lado y el pistolero, para eso le pagaban, cuidaba del joven.

La primera vez, Edelmirito se metió con un tahúr y Cabrito Tapia no tuvo otro remedio que matarlo. La segunda vez, le dio dos hostias a Edelmirito. Y no tuvo que matar a nadie.

Aún así, Edelmirito lo idolatraba. Y había conseguido de Abel lo adiestrara en el manejo del revólver. Don Honorato Conchos se complacía de tal enseñanza, Evita, la chamaca de Don Conchos, no lo aprobaba.

Y es que todo le parecía mal a la niña. Desde que vino de Boston, tan ahuecadita ella y tan sacadora de defectos.

Que si el hedor del corral y la peonada, que si los sucios garañones y las malas pulgas de los cabestros, que si el aireado de su dormitorio…que si ¡leches! se decía Don Concho. La niña le había vuelto muy señorona. Y le complacía.

Muy en su sitio.

Muy hijita de Don Honorato Conchos. Que tenía más reses que piojos habitaban en toda Chihuahua. Y los dengues, y la tontería, se le salían por las orejas, a la niña. Que no a Don Conchos, caballero e hidalgo de abolengo rancio y genesiaco. Pues su bisabuelo, arribó con las mesnadas de Bernabé de Mondejar, más conocido como el degollador Mondejara, por lo bien que regaba los campos con los indios levantones.

Evita, en la tienda, había dicho:

– Que aquí, el tejido es muy basto. Impropio – dijo, sí – impropio de la casa de los Mondejara de Conchos. Habituada a otras galanuras menos bastardas.

La seda del Mississippi tampoco le valía a la niña. Quería un vestido, por pedir, de raso Otomano. Que nadie supo qué era aquello, y la tomaron por muy viajada. Más no todos.

Que el joven de los Tapia, moreno y Moreno, pues así era y se apellidaba por parte de su mamá, la tildaba de malcriadita, meliflua y espantosamente adorable. Y apostó si alguien,  bien pudiera ser él, domesticara a la mona.

A los oídos de Evita, arribó la apuesta. Ya sustanciada como tal en la cantina de Borromeo, el que tenía diez chamaquitas y todas viciosas, se decía, al frente del negocio. Al frente y también detrás, que los pesos supuraban desde los camastrones.

– ¿No es ése el moreno de los Tapia, aquel chamaquito de las pequitas en la frente? – inquiría Evita a su doncella Paloma Soto. Preparada para el evento de aguantar de la niña lo que viniera.

– No… ¡qué va!…El de las pecas, es su hermano, el Abel, el que cuida del señor Edelmirito. Que con eso de ir barbado ya no se asoman. Éste es el otro, el Caín, el que ayuda a su padre en la funeraria y acicala a los difuntos.

– ¡Qué atroz! Debe ser un bobo

Y se espantó de un manotazo a una mosca rondadora.

– Y huele a muerto – le bisbiseó la doncella al oído, como quien dice un secreto.

– ¿Y qué olor es ése?

– Como a champiñones – respondió Palomita, santiguándose tres veces.

Desde que en Boston Evita probara el champiñón, todo lo agradable olíale a ellos. Lo consideraba un manjar lánguido, mortecino, muy de vahídos románticos. Proveniente del mismo polvo picante del pecado. Y, ni ella sabía por qué, le entraban unas ganas locas de olerlo. Suspiraba, y se estremecía como el bambú.

– ¡Qué cosas tienes, Palomita…tú, qué sabrás de aromas…

Paloma, efectivamente, poco sabía de aromas. Mas era doctora en hedores, que para eso su padre, el ciego Paloma, se le acercaba a toda hora para rascarle el bolsillo y sonsacarle las nuevas de los Conchos. Por ver si asomaba un corrido al son de su guitarrón. Que para eso era ciego y le daba por el son.

–        Mira, Palomita, de ésta nos llueve plata, que de aquí sale un dramón a cuenta de Mondejara. Y es que esa niña que tienen nos va a cubrir las espaldas. Tu encélame al Cabrito, que la niña le hace aguas. Que yo le pondré la letra y tu bailaras descalza por las cantinas de Orejo, Matamoros y Oribamba.

–        ¿Qué dices, papito, estás loco? – le respondió la chamaca – desde que empinas el codo te crees el maestro Bocanegra, ese que compuso el himno de nuestra querida patria.

–        Pues ya le tengo yo el título a la bonita canción. Y si todo va a tal fin, le pondré…Cuando Abel mató a Caín.

Mas no le hizo falta a Paloma encabritar a las partes, que la niña se bastó para organizar la parranda. Pues nueve meses después nacería la evidencia de que la nocturna apuesta concluida se asomaba. La única novedad fue que las que bailaron descalzas fueron ya las dos, no en las cantinas de México, sino en tierras de Alabama. Y fue en el espectáculo ambulante de los hermanos Quirós, asociados de ocasión con el Circus Morgan Bros.

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Novela Popular. Ejercicios de estilo (oeste)

Lecturas para el Verano (2D5) un idilio sideral

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Lander Bruyere percibió los brazos de Zena haciéndole señales. Así, a distancia, sin la cohibición que representaba la presencia de Alida Zena, bien pudiera decirse que estaba mirándola por primera vez. Y eso que habían compartido tres largos años de vuelo en el Calixto III.

Mas había sido larga turbación. Sí. Porque el capitán Bruyere, a su lado, experimentaba indefectiblemente una pasión por la Doctora Zena que descomponía su raciocinio. Y, a duras penas, lograba que la doctora no se percatara de su torpeza, de su total ninguneamiento ante su presencia. Pero, ahora, era otra cosa.

La doctora Alida Zena, desde los linderos del bosquecillo le hacía otra vez señales de atención, con un solo brazo agitado al viento.

Lander Bruyere cogió los teleprismáticos.

Y enfocó a Zena.

Un sudor frío fue perlando su frente. Porque zumeó a la doctora hasta no perder ningún detalle de su cuerpo. Su ajustado uniforme de acetato rosado no era más que un leve velo que no la ocultaba. Al contrario, la mostraba en todo su misterio: unos pezones eternamente erectos, coronando sus senos, como terrones de azúcar flotando en finas tacitas de porcelana. Unas caderas modeladas hasta la saciedad y un pubis, acentuado por una hendidura que parecía latir. Sí, los labios de su coño, y eso era lo que más turbaba a Lander, aquella palabra, se expandían y contraían acompasados y leves, como la respiración de un diminuto mamífero.

Enfocada con los teleprismáticos, la tenía en sus mismas narices. E, instintivamente, su mano se movió como acariciándola. Un mínimo gesto de osadía que asustó al mismo Lander.

Comenzaba a sentirse mal.

Un mareo, un querer cesar ese pensamiento, que lo aproximaba al salvajismo primitivo que esperaban estudiar en aquel planeta rosado, poroso y blando.

Chasqueó sus labios como si tuviera hambre.

De pronto, en la pantalla, las manos de Zena se cubrieron la raja en actitud de pudor.

Zena, pensó Bruyere, se estaba dando cuenta de su osadía. Lo había descubierto.

Entonces Bruyere, a grandes zancadas, se dirigió hacia la doctora. Pensó que para disculparse, mas, a cada paso, sólo fue percibiendo en él un desaforado instinto que se extendía como un reguero de termitas.

Fue entonces cuando la doctora Zena se apostó tras un matojo violáceo y apuntó a Bruyere con el Termoparalizador.

Cayó Bruyere de bruces, empapándose con tierra arcillosa la comisura de sus labios que habían babeado como los de un semental durante su loca carrera, adhiriéndosele aquella rosada tierra que asemejaba carne.

Ahora, Bruyere yacía tendido en la llanura.

La doctora recogió el botiquín del Telerotador y se dirigió hacia el cuerpo tendido, un tanto avergonzada por haberle disparado con el paralizador. Sabía que el capitán Bruyere la amaba, pero su torpeza en el coqueteo era tal que comenzaba a dudarlo. Aquel planeta, de ahí sus señales al capitán al descubrir un manantial de testosterona junto a dos empinadas lomas de floración pilosa, no era lo que parecía, sino un ciclópeo trozo de carne animal que vagaba por el cosmos en busca de otro semejante al que acoplarse. Ya habían sido avistados varios de ellos, creyéndose que no eran otra cosa que los restos de algún Dios dinamitado. Pues antes de colonizar las galaxias, se tenía a bien deshacerse de aquellos demiurgos insoportables que lo único que perseguían era desmesurarse en su propia egolatría y enredar como cotorras.

Ya junto a Bruyere, la doctora Zena preparó el antídoto despertador, lo mezcló con una ampolla de inhibidor, lo justo para que no recordara su última media hora vivida, y avisó al robot de la nave nodriza para el regreso. No sin antes haber efectuado un raspado a las lomas genitales del planeta por si se daba la ocasión, allá en la nave, de disolver unas gotitas en el zumo matinal del idiota de Bruyere.

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Novela Popular. Ejercicios de Estilo (espacial)

Lecturas para el Verano (1D5) instante de un crimen

01-Instante-de-un-crimen

La mujer freía un huevo.

Al menos su crepitar asomaba en la sartén agarrada por el mango. No asía, agarraba, como si temiera que saliera corriendo su contenido.

El hombre, escondido tras una cortina de lona embreada, la contemplaba. Se llamaba Paloma. La fotografía enmarcada que tenía ante sus narices lo decía claro: Paloma 16-3-72. Esa fue la fecha de su boda.

Pero hacía una semana que ya era viuda.

El tipo escondido, como sacristán del reverendo Grijalva, se había enterado de muchas cosas. Por ejemplo, de que aquel marido muerto le entregó al padre 300.000 pesetas para la que sería su viuda. Y el sacerdote aceptó el encargo.

Unas semanas más tarde el garrote partía la copa de su espinazo. Y la mujer seguía friendo el huevo. Que no podía serlo. Porque para entonces ya estaría calcinado. Así que debía ser otra cosa.

Pero qué cosa se fríe durante media hora. El hombre tras la cortina lo ignoraba. Era como un acertijo. Y a él le repugnaban. Nunca adivinó ninguno de ellos. Y ¿por qué tenía que hacer el esfuerzo de adivinarlo en aquella ocasión? Le dolería la cabeza, siempre lo hacía. Así que, continuaría siendo un maldito huevo. Requemado, renegrido. Pero un huevo.

Paloma, ayudándose con la espumadera le lanzaba aceite por encima. Era un movimiento maquinal, como el batir de alas de otra paloma, ésta agonizando. El leve giro de su muñeca lo repetía una y mil veces.

Tras la cortina el tipo comenzaba a impacientarse. Aquello no tenía fin.

Pero la mujer dejó de batir. Y dejó de mirar la sartén. Su cuello buscó la silla de madera y bruscamente se sentó en ella. Comenzó a llorar. Sus manos cubriendo su rostro.

Lloraba bien, pensó el tipo tras la cortina. No como aquellas beatas que conocía. ¿Las mujeres lloran de otro modo cuando no fingen? Pero el hombre tras la cortina desconocía las cosas de las mujeres. Sabía como lloraba la pobreza y el asco, la resignación, el odio y el miedo. Pero aquel lloro era otro, desconocido, de nuevo una adivinanza. Era una clase de dolor que el ignoraba. No era por uno mismo, como todos los llantos que había conocido…y comenzó a desesperarle aquel continuo llanto. No lo descifraba. Y se preguntó en su ordinariez si el cura le habría estafado los sesenta mil duros. Pero ¿cómo iba a llorar por un dinero que desconocía? Y comenzó a sentirse mal. Aquella casa, aquella mujer, todo era un acertijo. Y él los odiaba. Así que se decidió a resolverlo a su modo. No fuera que le doliera la cabeza.

La mujer sólo tuvo tiempo de aletear las yemas de sus dedos, como dándose golpecitos para salir de una sorpresa. Nada más.

Porque la navaja del tipo le seccionaba el cuello en un instante rojo. Se retorció un poco y ni siquiera se desplomó de la silla. Ni un suspiro, sólo sus lágrimas salpicándole, y la sangre, tibia, deslizándose por su cuerpo que ondeaba espasmos. Las lágrimas cesaron. Ahora tenía que buscar el dinero.

Pero la curiosidad de los acertijos pudo más y se acercó hacia la sartén.

Sí, claro, las trescientas mil pesetas ya sólo eran un grumo pringoso completamente renegrido. Como en los periódicos que encienden chimeneas, aún pudo distinguir la cara repetida de Manuel de Falla. Pero el hombre de la cortina tampoco sabía de quién se trataba. Solo sabía que fue dinero. Así eran todos los acertijos, una tomadura de pelo.

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Novela Popular. Ejercicios de estilo (criminal)

domicilios dedicados (y12)

Gemelos Moltó : Manolín (Valencia)

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…En un ataque de ira, te creerás tu hermano y te lesionarás gravemente

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Gemelos Moltó : Abel (Valencia)

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…En un ataque de bondad, te creerás tu hermano y te correrás una juerga.

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Al igual que sucedió con los Souvenires Infernales, acaba aquí otra serie de 12 entregas, amigo lector. Agradecemos las peticiones de los que solicitaron  su porvenir; esperando que el dibujo que recibieron en su domicilio obre como aviso a recapacitar sobre sus malsanos hábitos tan pacientemente edificados desde su más tierna infancia. Y no confundan a sus padres como los gestores de sus desdichas, sino a la credulidad tomasiana y delegación de sus apetencias en encorbatados energúmenos disfrazados de sirena. Y no olviden vitaminarse y mineralizarse. Que la que nos espera no va de broma.

Jungla Automática

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…bocetos para El Jardín de las Pirañas. Que el lector puede encontrar en el álbum ARF, publicado en Edicions de Ponent…o, también, en la revista Medios Revueltos # 3, si es que tuvo la fortuna de coleccionarla…historieta que pertenece al inédito La Jungla Automática.

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Alfons Figueras, la historieta.

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…esto es un pequeño adelanto de la revista “13Rue Babilonia” De próxima aparición en esta pantalla. Comenzada años ha, se fueron acumulando bocetos en espera de su substanciación. Así pues, salvado este hórrido verano, nos complace comunicar a nuestros lectores que, desde su primer número, ira desfilando ante sus ojos la colección completa, 12 números y 2 extras. Vaya por delante esta selección de bocetos de la revista de marras. Bocetos que, por otra parte, fui utilizando aquí y allá en otras historietas. Un homenaje lefal a dos revistas fabulosas de las que nunca se hablará bastante, el TBO y el DDT.

otro día sin suerte

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