memorias de un carnívoro estelar

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Cuando les hinco los dientes el alarido brota putrefacto desde las entrañas de los Wonga.

Me agrada comer Wonga por su deliciosa carne lechosa y prontamente agusanada. Por lo demás son sencillos de matar: los sorprendes mientras abrevan y los fulminas en la nuca con el láser atómico. Wow!.

Comí Wongas hasta que abandoné Kunga para ir a trabajar en el Transgaláctico como pinche de cocina. Ya tenía los cursos de alimentación y mi diploma de carnívoro.

En mi familia se implantan los dientes en la pubertad para masticar la comida. Ese difícil arte se culmina con la diplomatura de carnívoro.

Y carnet en mano, se puede recorrer el cosmos comiendo prácticamente cualquier potingue.

Aprendí en la Cube-E, gracias a los bramidos del savarino brillantino Naga, que cocinaba para dos millones de bocas diarias en la nave del placer congénito. Yo estaba en las calderas, donde se hacía la comida para todo el pasaje; desde allí veía la procesión carnal de los turnos de caza con sus vagones repletos de hervidos mamíferos para compotas.

Con mi tarjeta de cocina podía adentrarme en el recinto, perfectamente adecuado para la vida silvestre hormonada y suministrarme, in situ, la carne apetecida sin que pasara por las desolladoras y los interminables escaldados hasta hervirla.

La cruda carne nos gusta a los carnívoros. Vaya que sí.

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