
Desde la terraza cae la tarde sobre los tiestos. Allá, un edificio comienza a temblar; otro se aposenta en primera fila para no perderse el espectáculo de las ventanas. Pero ya no hay silencio. Qué ya todo fue invadido por esos pequeños aparatos que simulan nuestra memoria. Mas desde aquí, aún se contempla la corteza de los días, su declinar. Y se asiste a su muerte mientras nos van regalando sosiego. Abajo, la argamasa teje biografías.

Anochecida la tarde me miran dos gatos. El compás de mi lápiz los distrae adormeciéndolos. Cuando borro creen que son pulgas lo que esparzo en la terraza. Es el momento mágico en el que, todavía, no asomó la electricidad. Los domicilios parecen mortajas. Allá una vieja mira los días que se le fueron. Una casita me pide socorro. Son esos instantes en que sólo una taza de café nos reconcilia con lo civilizado. Y el bostezo es vida.








































































































