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Las 7 vidas del Conde Ántrax

Noviembre 15, 2009 · 1 comentario

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La seda se posaba lángida en el delicioso cuerpo de Emily Pardeza, como si pretendiera hacerle un vaciado en escayola, tal era su querencia que ni un sólo poro dejaba pasar por alto. El fino vapor del tejido la acariciaba voluptuoso. Aquel indecente camisón se lo había regalado el conde Ántrax y  en la oscuridad lo iba notando como un parpadéo, de ida y vuelta, restregándose por todo su cuerpo con dejadez mórbida, sensual. ¿Por qué había aceptado aquel regalo de hombre tan aborrecible?. Quizá porque su contacto, cuando sus dedos lo atisbaron, ejerció en ella una estremecedora hipnosis en su ansioso yo. O puede que la partida hacia Madagascar del conde despejara un tanto su repugnancia hacia la dádiva. El caso era que lo llevaba puesto en la penumbra de su habitación. Ahora, que sabía que el conde Ántrax andaría por la húmeda jungla tras la caza del simio u otras bestias semejantes.

El conde le dijo cierta vez-“¿Por qué es tan mala conmigo, Miss Emily, acaso mi virilidad le repugna?

- ¿Su virilidad? ¿La conozco?… ¿La tiene, por cierto?

- Me hiere usted, Miss Emily… no esperaba tal vileza de sus labios…

Sabíase en toda Oklahoma que el conde había sufrido el estallido de un obús entre sus piernas. Decíase que fatalmente para su hombría. Y que repugnaban sus consecuencias hasta a las mandungas de Gutural Park, allá donde por un centavo se salía satisfecho.

El conde, poseedor de tan gran fortuna que andaba empinada por las quebradizas cúspides de la bolsa neoyorquina, le propuso matrimonio en el cementerio de Bootleg Falls mientras una amiga común daba descanso a su perrita Lucy en el reservado para bestezuelas con clase. A Emily le perturbó lo inadecuado del momento y del lugar. Y aquella mirada de animalito triste que el conde frunció en su rostro al pedirle nupcias, en lugar de conmoverla la sacudió en repugnancia y terror.

Mas en la penumbra de su habitación ya sólo un lívido ruido, si acaso junto al aleteo de unos lepidópteros restregándose entre las flores del jardín, en aquella vaporosa prenda lograba estremecerla con sus caricias de pétalo.

Cerró sus ojos y se dejó llevar por el vaivén de la tela, que aparecía con vida, meciéndose sola y sin ayuda de brisa. La cosa es que Emily estaba cansada, agotada  tras el paseo nocturno por los jardines de Monticelli, en busca de sosiego tras la partida del pertinaz conde. Comió bombones para olvidar al sujeto, mientras la placidez de la caminata acabó por asedarla. Y entonces lo notó. Por una fracción de segundo la epidermis del conde dejó su disfraz de tela. Y un hedor hediondo se esparció  por la habitación, mas al instante, todo recobró su delicia. Notando que la seda se aferraba a sus muslos para buscar sus hendiduras y estremecerse palpitante sobre el montículo de sus inhiestos pezones.

La adormecida Emily sintió como el tejido se adentraba de súbito en su intimidad más secreta, con el ímpetu del chorro de la manguera en riego. Y, en su inconsciencia, derramó fluido y estremeció su espasmo.

Se despertó horrorizada, sucia, mientras los bombones que había ingerido durante el paseo nocturno asomaban vomitados en arcadas de repulsa hacia el alfombrado de Moaré.

Sudada como yegua corrió hacia el escusado. Se arrancó a zarpazos la fina prenda, lanzándola sobre el bidet, y con rabia incontenida regresó a la habitación para asir la caja de fósforos de su monederito. Farfullando maldiciones dejó que la prenda ardiera en su cobijo de porcelana. Después, vomitó de nuevo.

Fue en aquel mismo instante, mas en lejana geografía, cuando el conde Ántrax, inconsciente en la pérfida jungla, paralizado por la lechosa ponzoña de unos lepidópteros azulados, yacía envuelto entre sedas segregadas con ímpetu por miríadas de gusanos con cabezota de falo, eyaculadores de un pútrido mejunje corroedor de anatomias. Y, sin embargo, reía.

Pasó el tiempo y las delicias de la juventud, al cabo, hicieron olvidar a Emily episodio tan procaz. Conoció a Evan Coyoughmurphy, se casaron y fueron la envidia de todo Rivendale. El ganado vacuno les dio fama y fortuna y las galardonados cabestros Coyough condujeron mansamente al matrimonio hacia la felicidad más absoluta…hasta que la pobre Emily dió a luz algo que la estremeció…y durante tres días aquel bebé no dejó de reir a mandíbula batiente …mientras, la mirada de Emily se perdía irremisible en las sedosas ensenadas de la locura, postrándola vegetal …Evan, por su parte, se suicidó entre los Erales.

Asi fue como el conde Ántrax retornó a la vida por primera vez… doblemente rico, entero de precisas carnes y heredero de una condesía que dejó en regla en las oficinas de Milton & Caniff Asociates antes de su partida a la profunda y misteriosa isla. Hinchado de odio hacia una mujer que había menospreciado su secreta virilidad…estas fueron, pues, sus vidas y los tormentos de Emily Pardeza…

…….

…por fin, la señorita Samsa nos deja hurgar en sus manuscritos. En los que, de cuando en cuando, hincaremos el diente. Comenzando por esta extraña historia de pasiones desaforadas y perfidias sin cuento…

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Adela y la aguja

Septiembre 24, 2009 · 14 comentarios

01-AAdela Punset se tragó, doncella entonces, una aguja de coser mientras fruncía su falda. Fue al desestambrarle la orilla cuando, en un suspiro romántico, se le engulló en el dedo una aguja del seis. Tras muchas radiografías, lavados de estómago y especulaciones, nada se supo de su paradero. Vagaba por su cuerpo, ese fue el diagnóstico.
Creció Adela con el temor de que un mal día le pinchara el corazón, despuntara por sus senos o deambulara por su cerebro cegándole el entendimiento.
Sus propios movimientos la alarmaban temiendo facilitar los de su huésped. Vivía angustiada.
01-AdelaFue asomada en su pie la primera vez que la vio. Caminaba por la casa y notó su pinchadura. Se descalzó excitada, llena de gozo y porvenir; y la observó, encarada en su punta ya roma y erosionada en sus días.
Todo fue en vano. Cuando llegó el doctor Bertomeu, ya no estaba. Aquel día Adela lloró y aquella noche notó su avance tobillo arriba; como el ladrón que huye de las radiografías policiales. Estos episodios de pequeñas frustraciones la iban agotando.
Adela, lánguida y triste vivía junto a la muerte imprevista. Un dormir y no despertar, el fallecimiento en publico (ésto la horrorizaba considerablemente) o la diversidad de agónicas muertes que andaba imaginándose.
Su diferencia con los demás era la certeza de la causa de su muerte. La conocía, pues era del seis y rectilínea, acechando la panza de su ojal por sus costuras de carne para coser su mortaja. Y se espeluznaba.
Aunque la ciencia nunca confirmara sus imaginaciones, creía saber donde se encontraba la aguja en todo momento. Decía sentir sus andares y querencias, sus humores.
Confeccionó su vida a medida de su aguja. Los disgustos, sus tipos y variedades, determinaban su dirección, su dañina marcha. Era tal la correspondencia de sus males con el amartelamiento de sus manías que, llena de dengues, le huyeron las compañías.
Para el doctor don Anselmo Bertomeu, y así se lo decía, sus males, desgraciadamente, no se diferenciaban un ápice de los males de todos. Pero Adela, lánguida y sensible, no se dejaba engañar.

…….

…comenzamos con Adela, la buena de Adela, que de pequeño me regaló una chocolatina de naranja, nuestra sección Almacén de Conocidos…a los que ruego, si se sienten ofendidos, sepan perdonar mi atrevimiento al hacer una semblanza de sus ilustres vidas, algunas aún deambulando; otras, desgraciadamente para todos, languideciendo en las migajas del recuerdo cuando la vida ya sólo es hueso…(huesos, por cierto, en los que los arqueólogos pueden confirmar todo lo que digo)

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Lecturas para el Verano (5D5) Mari Pili en la alta sociedad

Agosto 2, 2009 · Dejar un comentario

05-Mari-Pili-en-la-alta-soc

La soledad para Mari Pili era algo tan abstracto que apenas lo comprendía.

El tedio estaba de moda en las tardes veraniegas. Pues al atardecer era cuando la languidez de los socios del Tenis Club alcanzaba su cenit, con todos ellos acicalados como para continuo festejo, en aquel paraje exclusivo y privado a las afueras del pueblo.

Mari Pili había aprendido a entornar sus párpados con indolencia estudiada. Como lo hace el plumón movido por la brisa. Y con blanda abulia cargada de promesas se codeaba con los señoritos causando estragos.

Ella, la hija de una costurera, lanzada a la cúspide por el arrebolado esplendor de su belleza, era asediada por retoños de banquero, crías de fabricantes de bombones y vástagos de falangista en veraneo trimestral. Mucho había tenido que esforzarse para adquirir aquellas maneras de imitación cinematográfica, que no entendía en absoluto: indolencias y abulias, apatías y desmayadas expresiones que la hacían “chic” entre los mastuerzos del ricacho depredador.

Pero a doña Paquita, su mamá, le había costado lo indecible acicalar a la nena, ahorrar para sedas y tules, damascos y marroquinería de adorno. Interminables noches de costura dañándole los ojos la condujeron a la miopía. Junto a un brasero, procurándole un tenue calor que imaginaba preludio de estufas y radiadores, mantas eléctricas acolchadas y toda clase de felices parabienes que se oteaban tras el plan Marshall.

Y así, Mari Pili, con amaestrado recato, agudizaba sus formas hasta el mareo, insinuaba sus senos inhiestos e inmóviles y torneaba sus caderas como bordados de antesala que prometían su culminación en el paraíso mesiánico de su abdomen.

Un jersey de tweed de Mari Pili, no sólo causó estragos entre la muchachada, sino que provocó el odio eterno femenino al modo cartaginés. Las amigas de su círculo se juramentaron para encontrar un motivo que la expulsara del Tenis Club. Y en vista de que en sus estatutos nada la hacía factible idearon una trampa.

Y para sus propósitos nadie más ad hoc que el bueno de Carlitos Arizmendi.

Pitita, Fufi y Lulín perpetraron la perfidia. Los celos de estas tres mujercitas mimadas ya habían alcanzado ribetes mayestáticos.

Mas permítaseme no privar a los lectores de una Mari Pili enfundada en su Tweed que, calzado como un guante en su tórax, modelaba tal finura de formas que pulimentaba las miradas. Así, la curvatura de su cintura ofrecía tal óvalo con sus caderas, que ni lo aerodinámico en el ave hubiera osado competir. La finura de sus hombros, esa curva de su caída, dinamitaba con creces la ortodoxia clásica de lo bello. Pero sus senos ¡ay sus senos¡ eran dos perfectos promontorios de imposibles finisterres. Pacatos, como los de la ideal ama de cría y, sin embargo, imanes de lubricidad.

Todo sucedió muy rápido. Dejando sin gasolina el descapotable de Arizmendi obligaron a la pareja a pernoctar al raso, en pleno ecosistema, añadiéndole a la naranjada de Carlitos un chorrito de Excitín robado en los cuarteles de la remonta y que, dicho sea de paso, se le administraba al semental ayudándose de cuentagotas.

Fue el cabo Fuensanta, de la benemérita, quien encontró el cadáver del muchacho en el interior del vehículo, sorprendiole el rigor mortis en prolongada erección, tanto que hubo que aserrar para enterrar en cristiano y ataúd standard. Mari Pili, entre sollozos, contábale a los muchachos la repentina indisposición que la privó del programado viaje y, éstos, la consolaron sobre su tweed. Mientras, Pitita, Fufi y Lulín comenzaban a pensar levemente sobre la conveniencia de profesar para convento. Tal como el padre Lebreja les aconsejó en la espontánea confesión que las ateridas ninfas, aún horrorizadas de su broma incalculada, efectuaron al confesor.

Mas, tan pronto se les pasó el sofoco, no dejaron de idear nuevas acciones contra Mari Pili. Pues, al no haber contrición, le cogieron gusto. Pero, éstas, ya son otras historias y otros veranos.

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Novela Popular. Ejercicios de estilo (folletín)

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Lecturas para el Verano (4D5) la geometría del caos

Julio 30, 2009 · Dejar un comentario

04-La-Geometría-del-Caos

- Carlitos ¡venga! hazme el amor.

Así era Patricia. Nada de estudiadas insinuaciones telúricas o arrabaleras procacidades, no.

Miraba Patricia hacia el tren distante. Asomando por el túnel de Ojos Negros.

- tardará diez minutos, tenemos tiempo de sobra y aquí no hay nadie .

Lo decía levemente y separábanse sus muslos para facilitar la lubricación vaginal. Cosa de quince a treinta segundos en las hembras jóvenes.

Carlitos, el estúpido de Carlitos, se puso colorado, desacostumbrado al saber enciclopédico de Patricia.

- Excítame antes- le espetó Patricia al ver que Carlitos no salía de su pasmo.

- ¿Es qué eres bobo?- y le desbrozó los pasos- ¡atiende!: excitación, meseta, orgasmo y resolución. Primero, la excitación.

Carlitos, afecto a la poesía natural, seguía sin entender.

-¡Tonto, atiende…la excitación será cosa de treinta segundos a lo más. La meseta, sí bobo, la expansión de mi vagina y la erección del clítoris, ponle minuto y medio. Después ya vendrá el orgasmo, digamos que de ocho a doce contracciones a intervalos de cero coma ocho segundos; a lo más, nueve con seis segundos. Qué ya me apañaré yo con la resolución, aunque veo en tu cara que no sabes de qué se trata…

- Pues no.

- Es el tiempo que tardaré en volver al estado previo a mi excitación. Pero eso no cuenta, y lo arreglaré mientras me visto. Total, en dos minutos, nueve segundos y seis décimas asunto concluido.

- Eres de libro Patricia.

- Sí, no te diré que no.

Patricia, ya desnuda, contemplaba a Carlitos bajándose los pantalones.

En el apeadero de Segorbe reinaba un sol de justicia. Y la monótona chicharra rumiaba procacidades al son de la calima. Pudo ver Patricia a un famélico gato cruzando la solana para tenderse bajo la sombra de una higuera, a la avispa en busca de charco en fuente para acémilas, y a la vieja, que tendía lejana y al óleo. Mas no a Carlitos, que ni la mochila quedaba de él…

- Bobos, es que sois redomadamente inútiles…

…al cabo, asomar la locomotora por la boca del apeadero, para dejarlo tendido, solitario, dispuesto a que asomara Carlitos tras un cañaveral en cuanto partió la comitiva.

Y es que la naturaleza es abstracta. Y la geometría, caótica e impredecible.

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Novela Popular. Ejercicios de estilo (colecciones prácticas)

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Lecturas para el Verano (3D5) nace una canción

Julio 25, 2009 · 3 comentarios

03-nace-una-canción

Desde que Abel Tapia baleara a un perro en una calle de Chihuahua, y sonara un: ¡cabrito! entre la muchedumbre anónima; le llamaron Cabrito Tapia.

El primogénito de los Conchos, Edelmirito, lo llevaba siempre a su lado y el pistolero, para eso le pagaban, cuidaba del joven.

La primera vez, Edelmirito se metió con un tahúr y Cabrito Tapia no tuvo otro remedio que matarlo. La segunda vez, le dio dos hostias a Edelmirito. Y no tuvo que matar a nadie.

Aún así, Edelmirito lo idolatraba. Y había conseguido de Abel lo adiestrara en el manejo del revólver. Don Honorato Conchos se complacía de tal enseñanza, Evita, la chamaca de Don Conchos, no lo aprobaba.

Y es que todo le parecía mal a la niña. Desde que vino de Boston, tan ahuecadita ella y tan sacadora de defectos.

Que si el hedor del corral y la peonada, que si los sucios garañones y las malas pulgas de los cabestros, que si el aireado de su dormitorio…que si ¡leches! se decía Don Concho. La niña le había vuelto muy señorona. Y le complacía.

Muy en su sitio.

Muy hijita de Don Honorato Conchos. Que tenía más reses que piojos habitaban en toda Chihuahua. Y los dengues, y la tontería, se le salían por las orejas, a la niña. Que no a Don Conchos, caballero e hidalgo de abolengo rancio y genesiaco. Pues su bisabuelo, arribó con las mesnadas de Bernabé de Mondejar, más conocido como el degollador Mondejara, por lo bien que regaba los campos con los indios levantones.

Evita, en la tienda, había dicho:

- Que aquí, el tejido es muy basto. Impropio – dijo, sí – impropio de la casa de los Mondejara de Conchos. Habituada a otras galanuras menos bastardas.

La seda del Mississippi tampoco le valía a la niña. Quería un vestido, por pedir, de raso Otomano. Que nadie supo qué era aquello, y la tomaron por muy viajada. Más no todos.

Que el joven de los Tapia, moreno y Moreno, pues así era y se apellidaba por parte de su mamá, la tildaba de malcriadita, meliflua y espantosamente adorable. Y apostó si alguien,  bien pudiera ser él, domesticara a la mona.

A los oídos de Evita, arribó la apuesta. Ya sustanciada como tal en la cantina de Borromeo, el que tenía diez chamaquitas y todas viciosas, se decía, al frente del negocio. Al frente y también detrás, que los pesos supuraban desde los camastrones.

- ¿No es ése el moreno de los Tapia, aquel chamaquito de las pequitas en la frente? – inquiría Evita a su doncella Paloma Soto. Preparada para el evento de aguantar de la niña lo que viniera.

- No… ¡qué va!…El de las pecas, es su hermano, el Abel, el que cuida del señor Edelmirito. Que con eso de ir barbado ya no se asoman. Éste es el otro, el Caín, el que ayuda a su padre en la funeraria y acicala a los difuntos.

- ¡Qué atroz! Debe ser un bobo

Y se espantó de un manotazo a una mosca rondadora.

- Y huele a muerto – le bisbiseó la doncella al oído, como quien dice un secreto.

- ¿Y qué olor es ése?

- Como a champiñones – respondió Palomita, santiguándose tres veces.

Desde que en Boston Evita probara el champiñón, todo lo agradable olíale a ellos. Lo consideraba un manjar lánguido, mortecino, muy de vahídos románticos. Proveniente del mismo polvo picante del pecado. Y, ni ella sabía por qué, le entraban unas ganas locas de olerlo. Suspiraba, y se estremecía como el bambú.

- ¡Qué cosas tienes, Palomita…tú, qué sabrás de aromas…

Paloma, efectivamente, poco sabía de aromas. Mas era doctora en hedores, que para eso su padre, el ciego Paloma, se le acercaba a toda hora para rascarle el bolsillo y sonsacarle las nuevas de los Conchos. Por ver si asomaba un corrido al son de su guitarrón. Que para eso era ciego y le daba por el son.

-        Mira, Palomita, de ésta nos llueve plata, que de aquí sale un dramón a cuenta de Mondejara. Y es que esa niña que tienen nos va a cubrir las espaldas. Tu encélame al Cabrito, que la niña le hace aguas. Que yo le pondré la letra y tu bailaras descalza por las cantinas de Orejo, Matamoros y Oribamba.

-        ¿Qué dices, papito, estás loco? – le respondió la chamaca – desde que empinas el codo te crees el maestro Bocanegra, ese que compuso el himno de nuestra querida patria.

-        Pues ya le tengo yo el título a la bonita canción. Y si todo va a tal fin, le pondré…Cuando Abel mató a Caín.

Mas no le hizo falta a Paloma encabritar a las partes, que la niña se bastó para organizar la parranda. Pues nueve meses después nacería la evidencia de que la nocturna apuesta concluida se asomaba. La única novedad fue que las que bailaron descalzas fueron ya las dos, no en las cantinas de México, sino en tierras de Alabama. Y fue en el espectáculo ambulante de los hermanos Quirós, asociados de ocasión con el Circus Morgan Bros.

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Novela Popular. Ejercicios de estilo (oeste)

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Lecturas para el Verano (2D5) un idilio sideral

Julio 22, 2009 · 2 comentarios

02-Un-idilio-Sideral

Lander Bruyere percibió los brazos de Zena haciéndole señales. Así, a distancia, sin la cohibición que representaba la presencia de Alida Zena, bien pudiera decirse que estaba mirándola por primera vez. Y eso que habían compartido tres largos años de vuelo en el Calixto III.

Mas había sido larga turbación. Sí. Porque el capitán Bruyere, a su lado, experimentaba indefectiblemente una pasión por la Doctora Zena que descomponía su raciocinio. Y, a duras penas, lograba que la doctora no se percatara de su torpeza, de su total ninguneamiento ante su presencia. Pero, ahora, era otra cosa.

La doctora Alida Zena, desde los linderos del bosquecillo le hacía otra vez señales de atención, con un solo brazo agitado al viento.

Lander Bruyere cogió los teleprismáticos.

Y enfocó a Zena.

Un sudor frío fue perlando su frente. Porque zumeó a la doctora hasta no perder ningún detalle de su cuerpo. Su ajustado uniforme de acetato rosado no era más que un leve velo que no la ocultaba. Al contrario, la mostraba en todo su misterio: unos pezones eternamente erectos, coronando sus senos, como terrones de azúcar flotando en finas tacitas de porcelana. Unas caderas modeladas hasta la saciedad y un pubis, acentuado por una hendidura que parecía latir. Sí, los labios de su coño, y eso era lo que más turbaba a Lander, aquella palabra, se expandían y contraían acompasados y leves, como la respiración de un diminuto mamífero.

Enfocada con los teleprismáticos, la tenía en sus mismas narices. E, instintivamente, su mano se movió como acariciándola. Un mínimo gesto de osadía que asustó al mismo Lander.

Comenzaba a sentirse mal.

Un mareo, un querer cesar ese pensamiento, que lo aproximaba al salvajismo primitivo que esperaban estudiar en aquel planeta rosado, poroso y blando.

Chasqueó sus labios como si tuviera hambre.

De pronto, en la pantalla, las manos de Zena se cubrieron la raja en actitud de pudor.

Zena, pensó Bruyere, se estaba dando cuenta de su osadía. Lo había descubierto.

Entonces Bruyere, a grandes zancadas, se dirigió hacia la doctora. Pensó que para disculparse, mas, a cada paso, sólo fue percibiendo en él un desaforado instinto que se extendía como un reguero de termitas.

Fue entonces cuando la doctora Zena se apostó tras un matojo violáceo y apuntó a Bruyere con el Termoparalizador.

Cayó Bruyere de bruces, empapándose con tierra arcillosa la comisura de sus labios que habían babeado como los de un semental durante su loca carrera, adhiriéndosele aquella rosada tierra que asemejaba carne.

Ahora, Bruyere yacía tendido en la llanura.

La doctora recogió el botiquín del Telerotador y se dirigió hacia el cuerpo tendido, un tanto avergonzada por haberle disparado con el paralizador. Sabía que el capitán Bruyere la amaba, pero su torpeza en el coqueteo era tal que comenzaba a dudarlo. Aquel planeta, de ahí sus señales al capitán al descubrir un manantial de testosterona junto a dos empinadas lomas de floración pilosa, no era lo que parecía, sino un ciclópeo trozo de carne animal que vagaba por el cosmos en busca de otro semejante al que acoplarse. Ya habían sido avistados varios de ellos, creyéndose que no eran otra cosa que los restos de algún Dios dinamitado. Pues antes de colonizar las galaxias, se tenía a bien deshacerse de aquellos demiurgos insoportables que lo único que perseguían era desmesurarse en su propia egolatría y enredar como cotorras.

Ya junto a Bruyere, la doctora Zena preparó el antídoto despertador, lo mezcló con una ampolla de inhibidor, lo justo para que no recordara su última media hora vivida, y avisó al robot de la nave nodriza para el regreso. No sin antes haber efectuado un raspado a las lomas genitales del planeta por si se daba la ocasión, allá en la nave, de disolver unas gotitas en el zumo matinal del idiota de Bruyere.

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Novela Popular. Ejercicios de Estilo (espacial)

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Lecturas para el Verano (1D5) instante de un crimen

Julio 19, 2009 · 2 comentarios

01-Instante-de-un-crimen

La mujer freía un huevo.

Al menos su crepitar asomaba en la sartén agarrada por el mango. No asía, agarraba, como si temiera que saliera corriendo su contenido.

El hombre, escondido tras una cortina de lona embreada, la contemplaba. Se llamaba Paloma. La fotografía enmarcada que tenía ante sus narices lo decía claro: Paloma 16-3-72. Esa fue la fecha de su boda.

Pero hacía una semana que ya era viuda.

El tipo escondido, como sacristán del reverendo Grijalva, se había enterado de muchas cosas. Por ejemplo, de que aquel marido muerto le entregó al padre 300.000 pesetas para la que sería su viuda. Y el sacerdote aceptó el encargo.

Unas semanas más tarde el garrote partía la copa de su espinazo. Y la mujer seguía friendo el huevo. Que no podía serlo. Porque para entonces ya estaría calcinado. Así que debía ser otra cosa.

Pero qué cosa se fríe durante media hora. El hombre tras la cortina lo ignoraba. Era como un acertijo. Y a él le repugnaban. Nunca adivinó ninguno de ellos. Y ¿por qué tenía que hacer el esfuerzo de adivinarlo en aquella ocasión? Le dolería la cabeza, siempre lo hacía. Así que, continuaría siendo un maldito huevo. Requemado, renegrido. Pero un huevo.

Paloma, ayudándose con la espumadera le lanzaba aceite por encima. Era un movimiento maquinal, como el batir de alas de otra paloma, ésta agonizando. El leve giro de su muñeca lo repetía una y mil veces.

Tras la cortina el tipo comenzaba a impacientarse. Aquello no tenía fin.

Pero la mujer dejó de batir. Y dejó de mirar la sartén. Su cuello buscó la silla de madera y bruscamente se sentó en ella. Comenzó a llorar. Sus manos cubriendo su rostro.

Lloraba bien, pensó el tipo tras la cortina. No como aquellas beatas que conocía. ¿Las mujeres lloran de otro modo cuando no fingen? Pero el hombre tras la cortina desconocía las cosas de las mujeres. Sabía como lloraba la pobreza y el asco, la resignación, el odio y el miedo. Pero aquel lloro era otro, desconocido, de nuevo una adivinanza. Era una clase de dolor que el ignoraba. No era por uno mismo, como todos los llantos que había conocido…y comenzó a desesperarle aquel continuo llanto. No lo descifraba. Y se preguntó en su ordinariez si el cura le habría estafado los sesenta mil duros. Pero ¿cómo iba a llorar por un dinero que desconocía? Y comenzó a sentirse mal. Aquella casa, aquella mujer, todo era un acertijo. Y él los odiaba. Así que se decidió a resolverlo a su modo. No fuera que le doliera la cabeza.

La mujer sólo tuvo tiempo de aletear las yemas de sus dedos, como dándose golpecitos para salir de una sorpresa. Nada más.

Porque la navaja del tipo le seccionaba el cuello en un instante rojo. Se retorció un poco y ni siquiera se desplomó de la silla. Ni un suspiro, sólo sus lágrimas salpicándole, y la sangre, tibia, deslizándose por su cuerpo que ondeaba espasmos. Las lágrimas cesaron. Ahora tenía que buscar el dinero.

Pero la curiosidad de los acertijos pudo más y se acercó hacia la sartén.

Sí, claro, las trescientas mil pesetas ya sólo eran un grumo pringoso completamente renegrido. Como en los periódicos que encienden chimeneas, aún pudo distinguir la cara repetida de Manuel de Falla. Pero el hombre de la cortina tampoco sabía de quién se trataba. Solo sabía que fue dinero. Así eran todos los acertijos, una tomadura de pelo.

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Novela Popular. Ejercicios de estilo (criminal)

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memorias de un carnívoro estelar

Febrero 19, 2008 · Dejar un comentario

memorias-carnivoro-estelar.jpg

Cuando les hinco los dientes el alarido brota putrefacto desde las entrañas de los Wonga.

Me agrada comer Wonga por su deliciosa carne lechosa y prontamente agusanada. Por lo demás son sencillos de matar: los sorprendes mientras abrevan y los fulminas en la nuca con el láser atómico. Wow!.

Comí Wongas hasta que abandoné Kunga para ir a trabajar en el Transgaláctico como pinche de cocina. Ya tenía los cursos de alimentación y mi diploma de carnívoro.

En mi familia se implantan los dientes en la pubertad para masticar la comida. Ese difícil arte se culmina con la diplomatura de carnívoro.

Y carnet en mano, se puede recorrer el cosmos comiendo prácticamente cualquier potingue.

Aprendí en la Cube-E, gracias a los bramidos del savarino brillantino Naga, que cocinaba para dos millones de bocas diarias en la nave del placer congénito. Yo estaba en las calderas, donde se hacía la comida para todo el pasaje; desde allí veía la procesión carnal de los turnos de caza con sus vagones repletos de hervidos mamíferos para compotas.

Con mi tarjeta de cocina podía adentrarme en el recinto, perfectamente adecuado para la vida silvestre hormonada y suministrarme, in situ, la carne apetecida sin que pasara por las desolladoras y los interminables escaldados hasta hervirla.

La cruda carne nos gusta a los carnívoros. Vaya que sí.

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y griega

Febrero 6, 2008 · Dejar un comentario

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Y se consume en vacuos ardores manando aturdida en sus brazos pus del color del maíz.

Tendida sobre el camastro las palabras en sus labios son como el tábano de Orión que duerme a los turistas. En la habitación, el vientre de la bestia ondula al unísono con el suyo. Los unen los tubos de galpilli bombeando enzimas verdosas.

Así, el doctor Latimer, auscultando los párpados de la bestia extraía los pequeños insectos y ordenaba su fluido externo antes de que formara parte del ungüento . A su lado, miss Duflex maceraba la pócima apretando sus labios, que entonces asomaban de un bombón grisáceo; estaba irritada.

- ¿cuanto plasma ha tragado, miss Duff ?

- casi la mitad, va bien…sólo me preocupa esa cosa horrible.

- sí, la maldita cosa metamórfica. No la habríamos encontrado si no hubiera enfermado en la señorita…pin.

- yin, yi, no sé.- dijo miss Duflex – todo esto es de una obscenidad que me da nauseas. no ve cómo nos mira y se hincha eso.

Cuando Y notó por primera vez aquello, descansaba en un sofá,uno de esos Vortex Special con manipulador gástrico de un motel de Urano. Así fue. Trepando por su pierna. Oh!, las piernas de Y, quién no las recuerda, cuatro y verde aceituna.

Era blando, rosa y, por entonces, adorable. Como todas las incipientes bestias.

Lo intentó acariciar y saltó sobre su ojo derecho.Y desapareció su iris. Y, desde entonces miró en blanco, porque su otro ojo se escondió despavorido. Y al cabo enfermó. Y, ahora se muere. Y.

Entonces habló como ella.Y gruñó.Y murió. ¿Y?.

Nos tendremos que ir acostumbrando.

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alicia en el edén

Enero 21, 2008 · 2 comentarios

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V oluptuoso,si.

Pero Alice no lo apreciaba.

Apreció Alice a un perro. Después no tuvo lástima de nada más.

No apreciaba las puntiagudas, aserradas cumbres recientes, apenas rozadas por la erosión. Vírgenes y afiladas cimas, y verdes.

De todos los verdes tantos que se confunden con el amarillo y se confunden con azul. Y aún crecen, al lado, con ocres esparcidos, rojos y más amarillos. Y algún violeta, que desde la cabaña parece el de un muerto. Era allá en los bosques, y era en el otoño de los Yosemite.

El viejo Jujú le hubiera explicado porqué las montañas eran el mejor lugar del mundo para vivir realmente. Cotorreaba mucho el viejo Jujú, siempre embocado a su pipa de cáñamo. Cuando Alice llegó al valle con su esposo y una niña apunto, ya estaba el viejo allí. Tan viejo entonces como la joven sierra nevada. Eso fue antes de que la fiebre del oro bebiera sangre.

Voluptuoso y sensual, si.

Aunque, Alice, asqueada, fuera incapaz de apreciarlo. Es más: aquel paisaje tenía la cualidad de mortificarla porque era bello. Placer que aborrecía Alice profundamente. Desde que esposa de Jeffreys Barrow, conoció la infinita indelicadeza de un hombre salvaje y la grosería del contrato matrimonial. La geometría civil, de la que ella era una sombra insignificante entre la nieve.

Voluptuoso. Si…pero para alguien al que no recorriera en sus entrañas el voraz anélido del asco. No para Alice Barrow.

¿Quién demonios era Alice Barrow?, ¿Y, por qué Barrow?.

Y el tiempo todo, aparte.

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