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memorias de un carnívoro estelar

Febrero 19, 2008 · No hay comentarios

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Cuando les hinco los dientes el alarido brota putrefacto desde las entrañas de los Wonga.

Me agrada comer Wonga por su deliciosa carne lechosa y prontamente agusanada. Por lo demás son sencillos de matar: los sorprendes mientras abrevan y los fulminas en la nuca con el láser atómico. Wow!.

Comí Wongas hasta que abandoné Kunga para ir a trabajar en el Transgaláctico como pinche de cocina. Ya tenía los cursos de alimentación y mi diploma de carnívoro.

En mi familia se implantan los dientes en la pubertad para masticar la comida. Ese difícil arte se culmina con la diplomatura de carnívoro.

Y carnet en mano, se puede recorrer el cosmos comiendo prácticamente cualquier potingue.

Aprendí en la Cube-E, gracias a los bramidos del savarino brillantino Naga, que cocinaba para dos millones de bocas diarias en la nave del placer congénito. Yo estaba en las calderas, donde se hacía la comida para todo el pasaje; desde allí veía la procesión carnal de los turnos de caza con sus vagones repletos de hervidos mamíferos para compotas.

Con mi tarjeta de cocina podía adentrarme en el recinto, perfectamente adecuado para la vida silvestre hormonada y suministrarme, in situ, la carne apetecida sin que pasara por las desolladoras y los interminables escaldados hasta hervirla.

La cruda carne nos gusta a los carnívoros. Vaya que sí.

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y griega

Febrero 6, 2008 · No hay comentarios

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Y se consume en vacuos ardores manando aturdida en sus brazos pus del color del maíz.

Tendida sobre el camastro las palabras en sus labios son como el tábano de Orión que duerme a los turistas. En la habitación, el vientre de la bestia ondula al unísono con el suyo. Los unen los tubos de galpilli bombeando enzimas verdosas.

Así, el doctor Latimer, auscultando los párpados de la bestia extraía los pequeños insectos y ordenaba su fluido externo antes de que formara parte del ungüento . A su lado, miss Duflex maceraba la pócima apretando sus labios, que entonces asomaban de un bombón grisáceo; estaba irritada.

- ¿cuanto plasma ha tragado, miss Duff ?

- casi la mitad, va bien…sólo me preocupa esa cosa horrible.

- sí, la maldita cosa metamórfica. No la habríamos encontrado si no hubiera enfermado en la señorita…pin.

- yin, yi, no sé.- dijo miss Duflex – todo esto es de una obscenidad que me da nauseas. no ve cómo nos mira y se hincha eso.

Cuando Y notó por primera vez aquello, descansaba en un sofá,uno de esos Vortex Special con manipulador gástrico de un motel de Urano. Así fue. Trepando por su pierna. Oh!, las piernas de Y, quién no las recuerda, cuatro y verde aceituna.

Era blando, rosa y, por entonces, adorable. Como todas las incipientes bestias.

Lo intentó acariciar y saltó sobre su ojo derecho.Y desapareció su iris. Y, desde entonces miró en blanco, porque su otro ojo se escondió despavorido. Y al cabo enfermó. Y, ahora se muere. Y.

Entonces habló como ella.Y gruñó.Y murió. ¿Y?.

Nos tendremos que ir acostumbrando.

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alicia en el edén

Enero 21, 2008 · 2 comentarios

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V oluptuoso,si.

Pero Alice no lo apreciaba.

Apreció Alice a un perro. Después no tuvo lástima de nada más.

No apreciaba las puntiagudas, aserradas cumbres recientes, apenas rozadas por la erosión. Vírgenes y afiladas cimas, y verdes.

De todos los verdes tantos que se confunden con el amarillo y se confunden con azul. Y aún crecen, al lado, con ocres esparcidos, rojos y más amarillos. Y algún violeta, que desde la cabaña parece el de un muerto. Era allá en los bosques, y era en el otoño de los Yosemite.

El viejo Jujú le hubiera explicado porqué las montañas eran el mejor lugar del mundo para vivir realmente. Cotorreaba mucho el viejo Jujú, siempre embocado a su pipa de cáñamo. Cuando Alice llegó al valle con su esposo y una niña apunto, ya estaba el viejo allí. Tan viejo entonces como la joven sierra nevada. Eso fue antes de que la fiebre del oro bebiera sangre.

Voluptuoso y sensual, si.

Aunque, Alice, asqueada, fuera incapaz de apreciarlo. Es más: aquel paisaje tenía la cualidad de mortificarla porque era bello. Placer que aborrecía Alice profundamente. Desde que esposa de Jeffreys Barrow, conoció la infinita indelicadeza de un hombre salvaje y la grosería del contrato matrimonial. La geometría civil, de la que ella era una sombra insignificante entre la nieve.

Voluptuoso. Si…pero para alguien al que no recorriera en sus entrañas el voraz anélido del asco. No para Alice Barrow.

¿Quién demonios era Alice Barrow?, ¿Y, por qué Barrow?.

Y el tiempo todo, aparte.

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