El sueño eterno

Toma 3 – En mis más horrendas pesadillas, al cruzar una esquina, cuando un cielo plomizo tiñe el nuevo panorama, aparecen cien pedagogos que me miran enarcados. Nada hay más sutilmente macabro que un pedagogo, con esa su mirada de regla milimetrada y esa su sonrisa de melladas certezas. Y me dicen: ¡cállate! Todos y cada uno van con una caja de cartón asida a sus sobacos y, a veces, la mano de un niño asoma por un instante. Son las manos de los niños que no se callaron. Porque el pedagogo come niños, los deglute y pone un huevo.

También de sus bolsillos asoman toda clase de envoltorios. En ellos guardan todo lo que van midiendo, porque certifican defunciones, ese es su oficio, embalsamar para ordenar el mundo. El mundo de lo muerto. Al niño que no cabe en sus reglamentarios envoltorios lo trocean, numeran y lo embuten. Por mi parte, no sé ni cómo, siempre encuentro una bicicleta a mi lado…entonces comienza la persecución, la mía…ya despierto, entre sudores, descubro que me falta un dedo, otro día el lóbulo de una de mis orejas, o descubro un domingo la huella de uno de sus dedos en un dibujo…pero me doy cuenta que sigo soñando y mi despertar sigue formando parte del sueño, de sus sueños…y me digo: no me cogerán despierto.

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